Pero era tóxico, era dañino, era también mi perdición. Él era como un vidrio roto, demasiado filoso, peligroso; y el vidrio roto corta, lastima, y deja una cicatriz que no se borra. Y eso fue exactamente lo que me pasó con él; a pesar del daño que me hizo, nunca pude olvidarlo, nunca se borró la cicatriz que él dejó en mi. Él era un vidrio roto, mi vidrio roto. Y yo sólo era un pedazo de piel frágil que pasó por encima de él, rozándolo muy cerca, y me corté profundamente, pero aquella cicatriz no es de esas que quedan en la piel, la que él me causó quedó en mi memoria y en mi corazón, allí no corría sangre, allí caían lágrimas.