1. Mi hermana Argelia lo dijo claramente una vez: «tengo la sensación de que los otros, quienes no hablan nuestro idioma, en realidad están pensando en español como nosotros para poder entenderse a sà mismos» (una suerte de traducción instantánea y nunca bien aceptada de manera completamente consciente). Le dije que yo también habÃa tenido esa sensación hace muchos años. Esta aseveración nos llevaba a pensar que, en el fondo, el idioma «correcto» a todas las culturas es el nuestro. Imagino que portugueses, italianos, guaranÃes, zapotecos, deben pensar en algún momento de su vida esto, que su idioma es el correcto.Â
2. Terminando de aceptar que no hay tal, que los extranjeros piensan en su propio idioma y que no es necesario que recurran al nuestro para lograr tener ideas precisas. Aceptando todo ello, dejamos estas sensaciones de lado y seguimos con nuestra vida sin que ya nada nuble nuestra opinión sobre los otros que no hablan nuestro idioma. Pero llega el dÃa en que, gracias a la tecnologÃa televisiva, volvemos a las dudas ya no sobre el idioma de los otros, más bien al nuestro mismo (y al particular de los otros en su idioma, ya sin comparación con ninguno más). Me refiero a cuando escuchamos en español el doblaje de alguna pelÃcula extranjera y, alguien olvidó apagar la aparición de los subtÃtulos, las letritas que aparecen debajo de escena. Leemos y escuchamos dos cosas completamente distintas, pero, a la vez, cercanas entre ellas y verdaderas en cuanto a lo que quieren decir. Pongamos por caso que escuchamos: «subà al elevador», pero leÃmos: «tomé el ascensor». La cosa es que el actor entra en ese mecanismo que nos permite subir los pisos de un edificio sin hacer esfuerzo alguno. Ambas frases (diferentes) dicen una verdad irrefutable.Â
3. Entonces tenemos la sensación de que nuestro idioma tiene limitaciones (de ahà esa supuesta ambigüedad), pero, rápidamente pensamos a esta otra idea, debe haber otro idioma que no recurre en ningún momento a dicha ambigüedad (el acto mismo de caminar, entrar y hacer cerrar esas puertas corredizas del aparato ese) y que es común y anterior a todo idioma en nuestro planeta. Claro que la gracia de este idioma es que no puede ser pronunciado (su precisión perderÃa certeza al hacerlo, volcado a una serie de sonidos). Obvio, pues, es que tampoco tenga nombre, y con ello casi rayamos en su no existencia, pero seguimos creyendo que existe y a él recurrimos todos cuando hablamos con mayor consciencia.Â
4. No sé, tal vez estoy analizando y llegando a la antesala de lo que es el Pensamiento, aquel que puede existir sin palabras. Se nos ha dicho que pensamiento sin lenguaje no puede existir. Pero, aún asÃ, queda la sensación un tanto incómoda de la existencia independiente de esos dos conceptos, de esas dos palabras. Quienes estamos muy interesados en esto hemos charlado y hasta hemos intentado encontrar la diferencia y nos esforzamos en pensar sin palabra alguna para demostrarnos que la afirmación anterior es un tanto incorrecta. Pero terminamos desencantados cuando nos damos cuenta de que no es asÃ, de que no podemos pensar sin palabras. Pero llega un dÃa en que reconocemos algo sencillo como subir (palabra y concepto, acto) y que lo podemos pensar sin palabra alguna (simplemente cuando vamos caminando y hay escaleras frente a nosotros, pensamos en tal acto sin que medie palabra alguna). Entonces comenzamos a sospechar que sà hay posibilidad de pensar sin que nos hablemos dentro de nuestra mente. Hay actos (por mencionar algo concreto) que sabemos e intuimos desarrollarnos sin que los enunciemos lingüÃsticamente.Â
5. Y aquà es donde nuestro recurso de aquel tercer idioma jamás sonorificado ni escrito llega y pareciera cumplir nuestras expectativas. Ese tercer idioma nos permite pensar en pulsar el botón, esperar a que se abran las puertas y entrar a la caja transportadora. Todo eso lo pensamos sin decirnos ninguna palabra, luego sigue el acto de decirlo y optamos por alguna de estas frases: a) tomar el ascensor; b) subir al elevador y todas sus variantes. Fuimos capaces de traducir el acto aquel y verterlo a nuestro español al elegir una de esas frases. Tal pensamiento sin palabras aparece en todo hombre moderno y será traducido a una de sus múltiples posibilidades en su propio idioma.Â
6. ¿Entonces, ese tercer idioma sà existe? No lo sé, yo no soy filósofo, pero recurrir a esta posibilidad me permite, ahora como poeta y escritor, saber que ya el concepto, el pensamiento, el poema, están dados quién sabe dónde y que ahora a mà me corresponde elegir las palabras precisas, según mi estilo y decisión, para escribirlas y darle forma a ese tercer idioma que siempre escapará a mis explicaciones y que siempre existirá previo a mi escritura.Â