Hermoso.
Si había una cosa de la que Julien sincera y genuinamente se avergonzaba, no eran sus asesinatos, ni sus violaciones, ni mucho menos sus torturas físicas o psicológicas. No eran sus mentiras o su burla permanente, ni ser y aceptarse como una mala persona. No, lo que realmente le avergonzaba de sí mismo era algo más puntual y sencillo.
Quedarse mirando a Hao cuando se dormía.
El chico siempre se dormía antes que él, y Julien no podía evitar observarlo. No pudo desde la primera vez que durmieron juntos. Acariciar su pelo con ternura, dulzura y lentitud mientras lo miraba era algo que podía hacer horas enteras, ya lo había confirmado. Era negro absoluto, brillante y sedoso. No parecía enredarse mucho, pero por supuesto terminaba sucediendo tras todo lo que hacían, así que pasaba los dedos muy suavemente para desarmar los nudos mientras cuidaba de no despertarlo en lo absoluto. Porque ¿qué haría si él lo notaba? No, no dejaría que eso pasara. Y su rostro... Hao siempre tenía ese gesto caprichoso, o arrogante, o deseoso o cansado, pero no lo veía en otro momento con esa paz y relajado. Le agradaba. Era hermoso y sentía que podía contemplarlo sin cansarse mucho, mucho tiempo.
Julien siempre tuvo una fascinación por lo hermoso, pero el problema era que lo superficial no era suficiente para él. Veía los defectos de todo bastante rápido: objetos, animales, personas, hasta música. Aunque de hecho la música le solía gustar bastante. Con Hao no era así. ¿Cómo serlo, si cada vez que descubría una faceta ueva del chico sólo se volvía más y más perfecto? Hao era doblemente hermoso en su interior que en su exterior. Su desprecio por las personas, su altísima autoestima, la forma en la que sencillamente asumía que el mundo estaba a sus pies y si no era así, pues ya lo estaría, como si fuera un hecho indiscutible, una ley de la física. Y la total entrega que podía tener con él. La confianza. A Julien le llegaba al corazón sentir la confianza de Hao, y no quería admitirlo. Porque hacerlo aceptar que el lugar que estaba ganándose en su corazón era mayor al que quería admitir.
Desenredó los últimos nudos paciente y lentamente, con una suavidad que nadie conoció jamás de él, atento al ritmo de su respiración para asegurarse de no despertarlo. Pero no: Hao seguía profundamente dormido. Con un suspiro, Julien acomodó los mechones y pasó a solamente acariciarlos. Observó el rostro del oriental, tan hermoso, tan calmado y sereno, una pura obra de arte. Y llevado por un estúpido impulso, se acercó esos centímetros de diferencia y rozó sus labios con los suyos.
Fue breve: sólo un roce, sólo un par de segundos antes de apartarse. Hao seguía totalmente dormido. Julien sonrió, y siguió mirándolo. Ah, se sentía tan idiota. Decidido, lo rodeó suavemente con el brazo y cerró los ojos. Suficientes tonterías para una noche. Iba a dormir.
... Pero a los diez minutos estaba observándolo otra vez, con los ojos entreabiertos, perezoso, casi que espiándolo.
Hao era hermoso, sí, pero en momentos como este, Julien quería que la tierra se abriera bajo él y se lo tragase de una vez para dejar de hacer semejante estupidez cada maldita noche.













