La señora Leona era venezolana. Todas las mañanas me esperaba sentadita en la camilla, con su sopa de letras o coloreando. Se enamoró de los baños que le daba y le encantaba que le diera la comida en la boca, aunque podía hacerlo sola. Se aprovechaba de que yo era estudiante… era una pilla.
De reojo miraba el marco de la puerta para ver si era yo la que entraba a la sala.
Esa tarde le tocaba baño. La bañé con el shampoo que “robamos” juntas del velador de un caballero que había fallecido en mi primer día en la residencia. Se reía como niña traviesa. Cerraba los ojos cada vez que le masajeaba su pelito, tiraba la cabeza hacia atrás y dejaba que el agua corriera .Su cabello largo y blanco se enredaba en mis dedos. El acondicionador que le regalé lo guardaba como si fuera un tesoro, igual que sus sopas de letras.
La llevé de vuelta a la camilla, pedí un secador prestado y le sequé el pelo. La peiné y le hice una trencita al lado. La miré y le dije: “Se ve tan hermosa, me encanta su pelito”. Me miró con los ojos brillosos, se rió y dijo: “Soy fea, siempre he sido fea”.
Sentí que el pecho se me apretaba. Antes de que cayera la lágrima, le pasé el dedo por el ojito y le dije: “Usted es muy hermosa”. Me saqué la mascarilla rapidito , como quien roba en un Supermercado y le di tres besitos en la frente.
Cerraba los ojitos con cada beso.
Ya era hora de irme. Le di dos palmaditas en las manos y le repetí: “Usted es hermosa”. Sonreía… como si lo hubiera entendido, como si el Alzheimer le hubiera dejado guardar ese recuerdito.
Un recuerdito de mi Leona, una señora que conocí en una de mis prácticas en Maipú.