Este texto quisiera dedicárselo a toda esa gente que se deja afectar. Por la literatura, por la cultura, por el deseo y también por la ternura. Que acá estamos y somos muchxs.
Mi vieja siempre describió a la garúa como esa lluvia que no moja pero molesta, que no pasa desapercibida. Y, quizás, así entiendo también yo a la Garúa. Pero me quiero explicar: no a la lluvia. A la Garúa, mi editorial. Soy Lía y en la primavera del 2019 empecé (junto con Agustín Conrado) una editorial de reproducción artesanal de libros llamada Garúa Editora. ¿El objetivo? Que comprar libros no sea un privilegio.
A pocas materias de recibirme de profesora de Lengua y Literatura (¿sucederá? ¡Quién sabe!), no fueron escasas las veces que tuve que priorizar otros gastos ante la adquisición de un libro. Es que resulta difícil de creer que tener acceso a la cultura sea un privilegio para quienes tienen la heladera llena. Y es ahí en donde la Garúa hace eje: poder democratizar el acceso a los libros, acceso que los monopolios libreros se han encargado de elitizar (el elevado valor de los libros cumpliendo su rol como filtro a la adquisición de la cultura).
Esto puede llevarnos a la siguiente pregunta: ¿Leer libros en papel es un fetiche? Bueno, quizás lo sea. Para mí, no es leer el libro per sé. Es vivir la experiencia lectora. Que decidamos de manera consciente, en los tiempos que corren, sentarnos estrictamente a leer es una batalla ganada a la productividad que se nos exige. Detener la vorágine, silenciar el día, corrernos del atropello, del ruido, de la pantalla y encontrar el momento para, simplemente, leer. ¿Que eso también es un privilegio? Yo creo que necesitamos imaginarios comunes, lugares en donde nos podamos sentir segurxs, al resguardo. Y, si nos sometemos al espanto, que sea en un marco elegido y no como una realidad impuesta. Todo esto es lo que sucede cuando nos aventuramos a la lectura de un libro. Abrir la intimidad, dejarnos atravesar, revisar lo sentido.
Y no es que vengo a romantizar a la Literatura. Porque convengamos que hemos leído, insistentemente, literatura blanca, escrita por varones y entendida como otro aparato de dominación. Al libro lo traen los españoles, con forma de biblia e impuesto a sangre y espada.
Sin embargo, sostengo que la palabra crea mundos. Hay cosas que pueden ser entendidas a través de acciones, hay cosas que sólo pueden ser entendidas a través de la palabra. Y, por esto, a la palabra la tenemos que ocupar, la tenemos que deformar, la tenemos que hacer nombrar lo que no ha nombrado en tanto tiempo: y esa es, para mí, la importancia de la literatura. Tomar esa palabra, llevarla al borde, torcerla, experimentar y habilitar otros discursos. Lograr que eso no sea en el marco individual, que sea de manera colectiva, es el gran juego que juega la Literatura. Y que todo eso se dé en el marco de lo bello, de lo conmovedor, de lo tierno. Para que pueda, finalmente, jugar para nosotrxs. No de manera fija y estática. Si no como la posibilidad de ir construyendo formas que nos sean más cómodas, que nos sean más justas, que nos incluyan a todxs.
Cuando desde la Dedicatoria me invitaron a escribir, me puse muy nerviosa. Pensé que no tenía mucho para decir o que ocupar este lugar no me correspondía. En general, me cuesta ocupar ciertos espacios. Principalmente, el de la escritura. Rubro que no ejerzo (quizás más por vergüenza que por elección) pero ahí viene el desafío: hoy, sí quiero ocupar este espacio.
Cuando la Garúa empezó a rodar, éramos dos. Hace varios años que a la editorial la llevo adelante yo sola. Hago la curaduría de los títulos, trabajo con mis manos, pongo en juego mi imaginación. Vivo del intercambio de los libros, acomodo mis horarios, crío a mi hiji. Me sostiene una red, he hecho bocha de amigxs, he conocido otra forma de sustentarme económicamente.
La palabra colectivo, en todo este recorrido, se me ha reconfigurado y siento que ahora es cuando tenemos que robarle de las manos nuestro capital más grande a quienes nos quieren en silencio: ¿cuál es ese capital? Y bueno, ahí tenemos a la literatura y a la posibilidad de crear formas ingeniosas de resistir.
Una vez, en un taller, mi amix azahar dio una recomendación que yo he tomado en este recorrido: dejarse afectar. Este texto quisiera dedicárselo a toda esa gente que se deja afectar. Por la literatura, por la cultura, por el deseo y también por la ternura. Que acá estamos y somos muchxs.
Mi mamá dice que la garúa no pasa desapercibida. Yo espero lo mismo. Poder molestar, no pasar desapercibida, romper el molde, ocupar los espacios y recuperar la palabra.