— ¿Estás quedándote dormida…? — Consultó, a medida que regulaba la inflexión de su voz, en busca del ajustase idóneo que endulzase el tono.
Antes de que Eleanor pudiese manifestarse, bien a travĂ©s del habla o del propio lenguaje corporal, el americano se deshizo en una caricia descendente sobre el perfil del rostro que yacĂa a unos escasos centĂmetros del suyo propio.
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— ¿Por quién me tomas…? — Musitó, privada del sentido de la vista; empleando un tono de voz bastante meloso tras sentir la estima en aquella caricia que le dedicó. Momento que, además, sirvió para interceptar su mano y jugar a entrelazar los dedos, a acariciarlos con los propios.
Ajustó un poquito más la postura, con el propósito de: primero, sentirse más cómoda y, segundo, poder colocar una de sus extremidades inferiores sobre la cadera masculina.
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Aquel « Âżpor quiĂ©n me tomas…? » gestĂł la propagaciĂłn de una silenciosa, holgada y -hasta podrĂa decirse-bobalicona sonrisa en el semblante masculino. — Por alguien que detesta las siestas, a excepciĂłn de cuando comparte tiempo conmigo. — AgregĂł al cabo de unos segundos con tal complicidad, que fue incapaz de dejar de morderse el labio inferior a sĂ mismo. Con las ganas de romper a reĂr apenas contenidas, el treinteañero tratĂł de condensar su atenciĂłn en una intermitente y superficial ráfaga de caricias sobre la pierna que segundos atrás le habĂa sido colocada encima: lienzo sobre el cual esparcirĂa, con ayuda de las puntas de sus dedos, lentas y afectuosas carantoñas.
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Era innegable que la fĂ©mina se mostraba algo « anestesiada » en compañĂa del americano; no obstante, acertĂł a entreabrir uno de sus ojos (dibujándose en sus facciones una divertida mueca facial) para descubrirlo mordiĂ©ndose la boca. No quiso, ni tampoco supo contenerse: se arrastrĂł instintivamente unos centĂmetros bajo la superficie del sofá.
Aproximándose.
Acercándose.
La mano que hasta aquel entonces habĂa estado jugueteando con sus falanges, se mudĂł ipso facto hasta la mandĂbula ajena. Agarrándola con tintes un tanto territoriales para favorecer la vulnerabilidad de aquella boquita de pato. ÂżSu propĂłsito? Darle un bocado.
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Lejos de jugar.
Lejos de amagar con alejarse, el americano favoreciĂł la proximidad entre ambos rostros.
Por aquella mujer lo harĂa todo. Incluido, por supuesto, el dejarse morder: razĂłn por la cual, tras intercambiar una silenciosa e intensa mirada con su pareja, el americano se limitarĂa a ofrecerse. A ofrecerse en bandeja.
Se lubricĂł los labios.
Se rozó sutilmente contra los ajenos…
Y aguardĂł.
AguardĂł a que ella controlase e iniciase la situaciĂłn.
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La predisposiciĂłn del treintañero le resultĂł de lo más atractiva e incitante. RazĂłn por la cual, no se demorĂł en aferrar con mayor ahĂnco la punta de sus dedos sobre la piel prĂłxima a las inmediaciones de ambos maxilares. En apegarse contra su anatomĂa, afianzando la cercanĂa gracias al abrazo de su pierna.
Aquellos labios parecĂan mucho más apetecibles que los segundos precedentes gracias a aquella visible capa de saliva. A pesar de que su idea principal era la de mordisquearle y, aĂşn desconociendo los motivos que la empujaron a ello: la morena se vio a sĂ misma escupiĂ©ndole sonoramente en la boca.
Se vio…, recogiendo y esparciendo esa cantidad de fluido oral por los alrededores de la boca: perfilándole, dibujando el contorno de sus comisuras, repasando cada rincĂłn y abarcando casi la totalidad de sus labios desde el mentĂłn hasta el arco de cupido. Para seguidamente despuĂ©s, volver a ejercer una sentida y nĂtida presiĂłn con la que tener sus labios a su entera disposiciĂłn.
Con la que atraparlos entre sus dientes y apretar… Y morder con fuerza.
Mordisco que, para más señas, terminó con el rostro femenino inclinándose un ápice mientras aflojaba y estampaba la humedad de los propios.
Entreabriéndolos.
Amoldándose.
Exhalándole en los labios…