Purple-Lit Memories — from The Chronicles of Tartarus
El mundo, con sus giros extraños y su memoria caprichosa, me ha devuelto una de mis musas más antiguas. Aquella que fue mi primer amor jamás confesado, el enamoramiento secreto de una quinceañera que encontraba refugio en un jardÃn violeta, allà donde la tarde caÃa como una bendición. Bastaba escuchar su risa para que la sal del dÃa se volviera dulce; bastaba verlo hablar, incluso cuando decÃa cualquier tonterÃa con sus amigos, para que todo pareciera digno de un cuento.
Yo fantaseaba con cada gesto suyo: con su masculinidad tibia, con esa caballerosidad espontánea que, sin proponérselo, me hacÃa sentir cortejada. Sus palabras, simples para él, eran bálsamo para mÃ. Me regalaban valor. Me enseñaban algo profundo sin darse cuenta: que el coraje puede nacer de la constancia, que la fuerza se revela en quien se enfrenta a la vida cada mañana, aunque nadie aplauda.
No sé cómo, ni en qué momento, dejé que se desdibujara de mi memoria aquel caballero vestido de morado, un poco atolondrado por la vida, con esa risa que brotaba de lo que él mismo inventaba. Armaba pelÃculas enteras en su mente, historias que nunca contaba del todo, pero que encantaban a cualquiera que tuviera el privilegio de cruzarse con su magia—la magia de ser tan él.
Madre mÃa, musa mÃa.










