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Un día se sentía bien y al siguiente, la fiebre lo tiraba en la cama, hacía que la cabeza le doliera, pero solo eso.
Después, su garganta comenzaba a doler, impidiendo que comiera más allá de unos cuantos bocados, incluso tomar agua le resultaba complicado.
Quería dormir, pero con la garganta cerrada, despertaba cada pocos minutos, cuando el aire se le escapaba.
Finalmente, su madre lo llevaría al hospital, le pondrían suero, le darían medicina y en una semana estaría bien.
Al menos, hasta el mes siguiente, cuando todo el proceso se volvería a repetir.
Pero exageraba. Se dio cuenta de que exageraba ese primero de julio, cuando conoció a Satoru. Alguien que tenía una enfermedad muchísimo más seria que unas simples amígdalas
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Era bastante tarde en la noche, su mamá había ido a casa, a darse una ducha y descansar, mañana regresaría por él y se irían a casa.
Pero las risas comenzaron a escucharse en ese momento, era algo extraño, teniendo en cuenta que ya no iba al área de pediatría. Aunque había escuchado que había espíritus en cada hospital, nunca había creído en esas cosas.
Aunque esas risas le estaban replanteando esa suposición.
Tenía el impulso de tomar la sábana de su cama y cubrirse con ella hasta que el ruido desapareciera, ¡Pero ya no era un niño! Así que se aferró al tubo donde estaba su suero y salió caminando en silencio de su habitación.
—Shhh, shhh —susurró alguien, pero la otra persona se carcajeó otra vez. Incluso con más ganas que antes—. ¡Nos van a regañar!
—¿Y qué van a hacer? ¿Quitarme el suero?
Nanami frunció un poco el ceño, caminando en el pasillo, las enfermeras estaban en la otra ala del lugar, así que nadie lo regaño, a ninguno de los tres, se detuvo en la puerta de donde venían las risas, un cártel estaba ahí, tal vez siempre había estado ahí y nunca lo había visto porque no iba a esa área.
“¡Hola! Estoy muriendo, paciente de LLA, ¡No molestes!”
LLA… ¿Eso era Leucemia?
De repente, todo el dolor que antes sentía desapareció, ¿Cómo podía quejarse de unas simples amígdalas cuando alguien ahí tenía leucemia y reía de esa forma?
Kento suspiró, dándose la vuelta para regresar a su habitación. Tomó un vaso de agua y se obligó a tomarlo, le costó unos minutos, pero lo logró.
Enserio. No iba a volver a quejarse de algo así. Nunca.
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No durmió mucho, pero no le importó. Las enfermeras le estaban retirando el suero cuando vio a un chico de cabello largo escabullirse por el pasillo.
Cuando la enfermera se fue, él se levantó, caminando hacia la habitación de anoche, tocando la puerta sin pensarlo mucho.
—No, no, fue Suguru quién entró por su cuenta… —la persona dejó de hablar cuando lo miró, frunciendo el ceño—. Tu no pareces trabajar aquí.
—Soy paciente.
—Ah —después de unos segundos, una sonrisa apareció en su rostro—. No creas el cartel que tengo, o sea, sí me estoy muriendo, pero la parte de no molestar, eso es para las enfermeras, tú hasta pareces alguien que me agradaría.
Una pequeña sonrisa apareció en sus propios labios, para alguien que estaba lleno de tubos en su brazo y mechones faltantes de cabello, irradiaba luz como el mismo sol de verano.
—¿Tú crees?
—Seguro que sí —él respondió, agarrando la muñeca de Nanami y haciéndolo entrar a la habitación—. ¿Tú de que estas enfermo?
—Oh… Hum… Nada serio, solo amígdalas, mi cirugía es hasta el siguiente mes.
—¿Amígdalas? Odiaría tenerlas, no soportaría no lograr comer nada.
—No es tan malo… Te dan mucho helado.
Su cara se iluminó con otra sonrisa, sentándose en el borde de la camilla.
—Bueno, ¿Qué tal si me compartes algo de ese helado? Me vendría bien.
Nanami lo pensó un momento, antes de sonreír y asentir.
—Iré por un poco, eh…
—Satoru, la mejor persona que jamás conocerás.
Por alguna razón, Nanami no tenía ninguna duda sobre eso.
Una de las enfermeras que siempre le daba helado, no tenía ningún problema en darle un poco más, de hecho, le sirvió más de lo necesario cuando escuchó que era para Satoru.
—No seas malo con él, la pasa difícil. Y necesita amigos, él piensa que no nos damos cuenta cuando Suguru se cuela al hospital,
—¿Por qué sería malo con él? —preguntó Nanami, elevando una ceja.
—No estoy diciendo que eres malo, Kento. Pero no le hagas las cosas más difíciles al pobre.
Nanami salió con los dos vasos de helados en sus manos, con las palabras de la enfermera aún en mente.
Seguro que sí, vivir con leucemia debía de ser difícil.
—¿Satoru?
—¡Rubio! —dijo el albino con una gran sonrisa, tomando el helado que tenía más—. Y yo que pensaba que no ibas a regresar.
—Me llamo Kento —. Se presentó.
—¿Kento? —preguntó, tomando un poco del helado mientras asentía—. Te queda, honestamente.
—¿Gracias?
—No es nada, los halagos se me dan muy bien.
—Oh, puedo decirlo.
Satoru soltó una risita.
—¡Es verdad! —respondió, levantándose de la cama para palmear la cabeza de Nanami.
—No soy un perro.
—No, pero serías un gato lindo, ¿No crees?
—No realmente… Creo que sería un gato de esos que se la pasan durmiendo.
Satoru regresó a la cama, frunciendo un poco el ceño.
—Sí, supongo que sí. No te conozco lo suficiente para decir lo contrario,así que confiaré en tu palabra.
Nanami sonrió, regresando su atención a su helado.
—¿Te da miedo tu cirugía?
—Un poco, supongo —respondió.
—A mi me daba miedo cuando me hacían la aspiración y biopsia de médula ósea, pero ahora solo insulto mucho a los doctores.
Nanami miró su helado, sin saber qué decir.
—¿Duele mucho?
—Duele demasiado —Satoru lo pensó un momento—. Es como… Si te partieran a la mitad desde la espalda, pero después para, pero después vuelve a doler, no importa cuanta anestesia ponga.
—¿No te pueden dormir?
—Sí podrían, la verdad no sé por qué no lo hacen. Supongo que porque los médicos son siempre un par de sádicos.
Nanami soltó una risita.
—Tal vez quieren oír tus elocuentes palabras mientras los insultas.
—Oh, seguro que sí —respondió Satoru, con una sonrisa—. Mi voz es demasiado hermosa para no escucharla, en todas las entonaciones posibles, como cuando les digo que se vayan al carajo y que cuando me levante los voy a asfixiar mientras duermen.
—¿Has intentado asfixiar a alguien mientras duerme?
—Sí, ¡Pero! Cuando era un niño, era un peluche.
—¿Matas peluches?
—Señor bigotes se lo merecía.
—Oh, apuesto a que sí.
Satoru soltó una carcajada, terminando su helado antes de volver a hablar.
—Exacto, me alegra que tu lo entiendas, Suguru dice que exageré con eso.
—¿Suguru es el chico que se escabulle en la mañana?
—Sí, no tiene nada mejor que hacer que venir a ver a su precioso mejor amigo, no lo culpo, ¿Tú estás aquí por lo mismo, no? Por mi grandiosa personalidad y bello rostro…
Nanami soltó una carcajada, bajando su helado, su garganta aún dolía, pero podía ignorarlo fácilmente ahora.
—Eh… Supongo que sí. Tu grandiosa personalidad y bello rostro me mantienen aquí.
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Silencio cuando no estas, todo se nubla, cae la noche, perdido en tus ideas no sabrás a donde ir, ni un peso en el bolsillo, el silencio abruma, es la tesis a la antítesis de una vida feliz.