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⟢ cloud inspirado en el FFVII 1997, casi final del juego
El aire trajo consigo un oxĂgeno frĂvolo y congelado. Las cuatro paredes de hormigĂłn, que permanecĂan sin rematar, te protegen del temporal que el invierno trae hasta las puertas del hostal. Estáis todos escondidos en un lugar perdido del Icicle Inn. Por lo que parece, el albino de ojos gatunos os espera en la cĂşspide de la montaña.
Mientras te deshaces en el calor abrasador de tus sábanas, sientes que te pica la piel con una necesidad enfurecida. Era una sensación desquiciada de algo prohibido.
HacĂa ya un par de semanas que el mercenario comenzaba a colarse por los huecos de tus paredes para quedarse dormido hecho pedazos a tu lado. Era extraño que una personalidad como la suya fuera capaz de buscar refugio en una chica como tĂş. Aunque el error aquĂ era que ya te habĂas acostumbrado a su presencia.
Cloud se convencĂa a sĂ mismo de que esto no era amor porque no sabĂa lo que era: ni lo que sentĂa. Era silencioso, incluso escurridizo como un zorro. Sin apenas dedicaros palabras durante el dĂa, cuando es el turno de la noche… la luna se convierte en algo abrasador, aun para un cuerpo que sufre de hipotermia. La noche es una confidente que guarda secretos a quemarropa.
Nunca te contestaba. Jamás admitirĂa que era por vergĂĽenza. Eras la Ăşnica entre aquellas paredes que no hacĂa tantas preguntas.
> Hace mucho frĂo esta noche…
Tu voz hizo eco dentro de su mente desorganizada, cosa que hace que suelte un pequeño gruñido suave pero sincero, mientras se sienta en el borde de tu cama. Lo interesante de aquello no eran sus intenciones, era como, a pesar de que duermas en una cama individual, era capaz de hacerse hueco entre aquellas sábanas diminutas.
Demostraba lo mucho que necesitaba ese roce, lo mucho que atesoraba aquel secreto nocturno. Demostraba lo mucho que te necesitaba, a ti.
Con los dientes, Cloud se quita el guante de cuero que cubre su mano y la deja caer delante de ti. El guante se reĂşne con el suelo. Vuestras manos casi se rozan de una forma silenciosa sobre la tela, que permanecĂa frĂa por fuera. Sus dedos parecen temblar sin querer admitir que cogerte la mano era un deseo que invocaba un fervor dentro de su pecho apelmazado y dolido. Están a centĂmetros de chocarse. Su dedo Ăndice quiere rozar tu pulgar, justo donde se une el hueso que tuerce.
> Ven… anda…
Musitas, intentando no proyectar tu voz más alto de lo necesario. Cloud era como un pequeño pájaro que al escuchar el crujir de una hoja salĂa corriendo. Cloud no querĂa admitir que tu roce calmaba la tormenta creciente dentro de su caja torácica.
Dijo tu nombre. SaliĂł de sus labios con tanta naturalidad que daba la ilusiĂłn de que lo decĂa todos los dĂas; pero no es asĂ.
Lo esconde en sus cuerdas vocales porque siempre suena como una confesiĂłn.
Concluyes rompiendo la distancia, tu pulgar alcanza finalmente su mano temblorosa y acaricias la punta de su dedo Ăndice, hincando con ternura contra su uña antes de rozar la base de su falange. Su uña se clavĂł en la yema de tu dedo como un recordatorio, un recordatorio de que esto era real. Puro masoquismo.
TĂmido acerca su mano, dada la vuelta, sin echarte ni una mirada. Tus ojos se abren con una suavidad devastadora. Tus pupilas se dilatan como un eclipse, en pocas ocasiones se dejaba querer de esta manera. La curiosidad del mercenario actuaba como la espuma residual de una ola en la playa. Rompe y vuelve a esconderse.
AsĂ era Cloud Strife.
Tragas saliva, con un cuidado minucioso trazas las rayas en su palma con dos dedos: Ăndice y corazĂłn. Acaricias su piel, sus callos de mercenario. Te percatas de la suavidad que esconde su piel gruesa, pálida y escondida.
El roce transforma la espina dorsal del EXSOLDADO en un rĂo desbocado. Los pelos en punta.
> Cloud…
Un suspiro se escapa de ti. Fue casi involuntario. Cubriste su mano con tus dedos. Entrelazaste las dos, creando un nudo de marinero, como aquellos que afianzan los barcos en la orilla, cogidos por una mĂsera estaca de madera. Te recuerda lo sutil que puede llegar a ser lo romántico, lo cálido, lo ardiente.
Con un suspiro te haces a un lado en la cama, por lo que ahora le sostienes la mano por encima de la sábana, creando un puente colgante. Quieres reĂrte, se hace el duro pero no puede soltarte la mano, que ahora cuelga en el aire. Le invitas a esconderse dentro de tus sábanas. No abraza tu mano con la suya pero tampoco la suelta.
Casi a regañadientes acerca su cuerpo hacia el tuyo. Se niega a mirar el espectáculo de vuestras manos. Lo rompe justo antes de levantar la sábana que cubre tu cuerpo para hacerse paso dentro de tu mundo oculto. Sueltas un pequeño suspiro antes de cubrirle el hombro con la tela, ahora que ya se tumba a tu lado no dudas en hacerle compañĂa. Apoyas la cabeza en la almohada y le miras.
Sus ojos son un mar abierto con estrellas fugaces. Sus pestañas son largas y rubias, cosa que siempre habĂas envidiado. Pestañea tan lento que te da la sensaciĂłn de estar fotografiando cada detalle en la piel que cubre tu rostro. Tus mejillas arden, sin saber cĂłmo sostener la atenciĂłn del mercenario. Su mirada es amenazante, es como si estuviera intentando callar cada detalle, ignorar como el azul se le convierte en un negro opaco por el dilatar de su pupila, ignorar como su iris es devorada por la intensidad brutal que os rodea.
Lo acercas a ti, poco a poco, cubriendo su nuca con tu mano. Sus ojos se abren, sorprendidos, y eres capaz de ver un carmĂn atrapar su oreja. El calor de su sonrojo contagia el tuyo, sabes de sobra que estás rompiendo las reglas no escritas de aquella atmĂłsfera. Esto ya no era casual.
Te diste cuenta de que su cuerpo comenzaba a pesar por la forma en la que dejaba caer su brazo alrededor de tu cintura. Sus dedos se deslizaron con suavidad, ya no protegĂan la parte baja de tu espalda. Una caricia oculta. Un peso muerto contra tu pecho. Cloud se habĂa quedado dormido.
En tu pecho recuerdas que Cloud es un humano más, a pesar de que se esfuerce por demostrar lo contrario, está roto escondido en tu pecho.