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Capitano no se disgustó al verte devorar la comida como un animal, podía entender tu hambre, y no se atravía a quitarte el plato de comida, que para él, se veía muy desabrido. Después de mandarte a cambiar a la habitación, se quedó pensando en lo que había hecho. Tal vez no habia sido una buena idea recoger a una de las ratas de laboratorio de Dottore para sacarla de su habitat. Pero la verdad, era que tu historia había tocado en lo poco que le quedaba de humanidad, le recordaste que, antes de ser un fatui, un guerrero y un luchador, era un humano, o bien lo fue hace bastante tiempo, la carne podrida de su cuerpo evidenciaba lo contrario. A pesar de la máscara de indiferencia que mostraba su casco en toda ocasión, sintió que algo en él se agitaba cuando le pediste piedad, cuando le pediste un descanso de todo el sufrimiento de tu vida, además de que no podía creer que una chica estuviera en tales condiciones en un laboratorio. Antes de muchas cosas, también era un caballero, no estaba acostumbrado a ver mujeres en tal estado. Además de aquellas excusas que utilizó para raptar a un sujeto experimental, tenía otra muy buena, que además, era la más importante; cabrear a Dottore. Odiaba tanto a ese adefesio que con solo joderle el día, podía alegrar su maldita existencia. Se recordó a si mismo que tendría que mantener a la chica en secreto para más intriga.
Recordó la forma en la que te trajo aquí, te había envuelto en su abrigo de piel para esconderte de las miradas curiosas, y sin pensarlo mucho te sacó de ese asqueroso laboratorio, que se encontraba en Sumeru, te subió a un carruaje y se fueron rumbo a su finca, en Snezhnaya. No se asombró al ver que pudiste dormir todos esos días de viaje, te acurrucabas en el abrigo y dormías sin ningún problema, y seguiste durmiendo tres días más aún después de llegar a la finca, en una de las camas de invitados que se encontraba en la finca de Capitano. Le dieron muchas ganas de tirarte a una tina de agua fría para despertarte y ver tu verdadero color de piel, porque detrás de tanta suciedad no podía ver tu tez con claridad, pero al final no lo hizo. Cocinó una cantidad de arroz blanco para tu estómago que estaba acostumbrado a comer poco, de hecho, no sabía exactamente qué te darían de comer antes.
Mientras tanto, tú volvías a paso apresurado a la habitación, dispuesta a cumplir sus órdenes al pie de la letra. Buscaste algún lugar para lavarte y descubriste un baño, uno bien grande. Con algo de dificultad entendiste el mecanismo de la regadera. Nunca te habías bañado con agua caliente. Fueron los mejores 15 minutos de tu vida, en abonaste tu cuerpo con lo que encontraste, y te sorprendió el aroma exótico y cítrico que desprendían esas lociones. Después de un rato, pero hasta la gran maraña de pelos que caía tras tus espaldas, tu cabello llegaba hasta tu cintura después de ser cepillado como era debido. Estabas realmente maravillada con la situación. Si Capitano quería jugar así contigo antes de asesinar te, era realmente un buen tipo, te estaba dando unas comodidades que nunca habían estado a tu alcance. Saliste de la bañera y viste tu reflejo; aún tenías heridas y moretones, el agua de la bañera estaba sucia, haciendo evidencia de tu inmundicia. Te secaste el cuerpo con cuidado de no abrirte más algunas heridas que recién habían logrado cicatrizar. Con algo de dificultad te vestiste con lo que encontraste en uno de los muchos muebles, había lo necesario. Nunca en tu vida habías visto un sujetador, pero te las ingeniaste para colocartelo, las bragas, y un vestido largo, además de medias y zapatos. Volviste con Capitano hacia la cocina, él estaba sentado en un taburete, mirándote fijamente.
"Ah... así que si eras blanca debajo de toda esa mugre" se burló él, mientras la observaba. "Ven, niña, siéntate"
Obedeciste, sentándote en el taburete frente a él, separados por la mesa. Te negabas a mirarlo de frente, de cierta manera te aterraba, aún no confiabas en él del todo.
"Dime niña, ¿Cómo te llamas? ¿Qué edad tienes?"
Te quedaste en silencio, y tartamudeaste una respuesta "Sujeto 301" respondió ella, insegura "y... no sé que edad tengo"
Capitano no dijo nada ante aquello, solo suspiró. No podía llamar a la chiquilla por un número, miró alrededor de la cocina, buscando ideas para un nombre, su mirada se posó en un ramo de flores, de rosas, que le había regalado la Zarina después de completar una misión larga hace unos días "Te llamarás Rose si quieres vivir aquí" te dijo, poniéndose de pie "Las escobas están en el armario, junto con los trapos. No entres a mi habitación y tampoco te metas en mi escritorio, si lo haces, te mataré. Adiós".
Él se fue sin decir más al respecto, sin dar explicaciones, y abandonó la finca. Los primeros días te preocupaste, no tenías ni idea de qué hacías aquí, pero bueno, no tenías la intención de hacerlo enojar,así que, por milésima vez, obedeciste sus órdenes al pie de la letra. Te sorprendiste de la soledad de su hogar, era una finca bastante grande, repleta de bibliotecas, salas para entrenar, habitaciones lujosas, huertos y escaleras por doquier, era bastante solo para una persona. Por un momento pensaste que él te había dejado sola viviendo ahí para hacerte engordar y después comerte. Definitivamente te estabas volviendo loca al vivir sola durante tantos días. A pesar de todo eso, no te quejabas, estabas comiendo una comida al día, y te dabas relajantes baños de tina durante la noche con agua caliente, así que, comparado a tu antiguo hogar, estabas viviendo en el paraíso. Estabas recién saliendo de tu ducha diaria, cuando escuchaste un portazo proveniente de la planta baja. Sentiste toda la piel de tu cuerpo crisparse del susto.
"Mocosa de mierda, escapó" Escuchaste que dijo Capitano, podías sentir como el suelo temblaba ante las grandes zancadas que él daba mientras subía las largas escaleras. Te apresuraste para vestirte, aunque era complicado teniendo el cuerpo mojado por el reciente baño. Como pudiste te pusiste solo el vestido justo a tiempo antes de que él abriera la puerta del baño de un manotazo. Notó la incomodidad y miedo en tu cara, pero no le importara mucho.
"Pensé que te habías escapado. Estarías en problemas de ser así" murmuró, entrando en el cuarto de baño, notando la atmósfera tibia de él "que bueno que la higiene se haya transformado en parte de tu rutina, no toleraría una mocosa sucia en mi finca" se apoya en la bañera, cerca de ti, mirándote "¿No dirás nada? ¿no vas a saludar siquiera?"
Tragaste saliva y formulaste las palabras en tu mente antes de decirlas en voz alta "Buen... buen día, mi señor" tartamudeaste, manteniendo la mirada baja por respeto "Las bañeras... me gustan mucho"
Capitano se rió de ti, enrojeciste de vergüenza por lo que habías dicho, aunque no era mentira, en serio te gustaban mucho los baños relajantes de tina.
"No te quitaré la tina, puedes estar segura de ello" su voz gruesa te ponía los pelos de punta. El sonrojo bajó poco a poco, pero te asustaste más cuando él tomó tu antebrazo "¿Ya cerraron las heridas? tuve que hacer una incisión para sacarte el rastreador"
Aquel era un dato que habías ignorado completamente estas dos semanas viviendo en el paraíso, tu sabías que, en alguna parte del cuerpo, te habían puesto un sensor que monitoreaba tus signos vitales, además de que al mismo tiempo era un rastreador (esa no te la sabías). Miraste con duda al primer heraldo, el que agregó: "Cerca de tu seno, tenías insertado el rastreador. Lo saqué antes de salir del laboratorio, así que él no sabe que estás aquí"
Capitano te generaba demasiadas dudas más que respuestas, seguías sin entender por qué te había sacado de aquel laboratorio. Claro, estabas bastante agradecida con ello, pero más que eso, querías entenderlo. Él era una mala persona, estabas segura de eso. Por inercia tanteaste tu seno, dándote cuenta de que la herida que había aparecido ahí hace unas semanas no había sido hecha en los laboratorios, sino que él había sacado el rastreador de ese lugar.
"Eh... gracias, señor, por sacarme el rastreador" susurraste, aún con la mirada gacha. Capitano ignoró tus agradecimientos y agregó; "Veo que eres buena limpiando, y parece que no te robaste nada ni escapaste, dime, ¿Te gusta estar aquí?"
No dudaste mucho en responder. "A mi... me gusta mucho, señor. Este lugar es muy... lindo. Siempre hay comida"
"La comida nunca te faltará de nuevo, Rose" aclaró Capitano, tu nunca habías estado más feliz de recibir un nombre "Mira, yo apenas estoy en casa. Te propongo que tú cuides de mi hogar mientras yo no estoy, los alimentos los compra uno de mis soldados y llena la despensa cuando tú estás durmiendo, así que no tienes que preocuparte de salir. Así que de ahora en adelante, trabajarás para mí, y serás... mi empleada, sirvienta, o como quieras decirle" él explicó las cosas sin detenerse "Solo tienes que mantener el orden y ya, y cocinarme de vez en cuando, aunque, para tu mala suerte, yo no estoy mucho en casa, como podrás notar"
Ante la gran cantidad de información que te dio Capitano, nuevamente solo te limitaste a asentir y aceptar sus condiciones, las que de verdad no estaban para nada mal. Antes de que siquiera preguntaras, él ya había respondido.
"Tienes agalllas, y fortaleza. Ambas son cualidades que no deben morir dentro de un mugriento laboratorio en esa nación tan horrible" asientes, aunque aún no comprendes bien su punto.
Capitano se acerca a tí nuevamente, aún sin soltarte del brazo "Sigues sin subir de peso, ¿estás comiendo tus tres comidas diarias, Rose?" te quedaste atónita ante aquellas palabras "¿Puedo comer tres veces al día, señor?" réplicaste. Capitano te soltó del brazo, bufando un poco "Puedes comer tres veces al día, niña tonta, de nada me sirve una sirvienta que pareciera que se fuera a ir volando con alguna brisa" aclara "te obligo a comer tres veces al día, y además, vas a tener que aprender a ocupar cubiertos, en esta finca no soportaré que te sigas comportando como una rata de alcantarilla... como ese doctor" masculló. Asientes, acatando la orden.
Capitano lo último que quería era una loca que llamara mucho la atención, tenías que aprender algunas cosas básicas en tu tiempo libre.
"Noté que habían cenizas en la estufa de la sala..." te dice, tu, asustada, rápidamente interrumpiste "si... yo la encendí, pero no lo haré más, señor, ¡se lo juro!" Ante tu desesperación, Capitano te calló con un gruñido "No es algo malo, Rose, solo quería saberlo, para pedir que traigan mas leña... bueno, te dejaré descansar. Duerme bien"
Y tan rápido como Capitano volvió, él se fue. Tu por fin pudiste soltar una gran cantidad de aire que tenías reprimido en tus pulmones por el nerviosismo, y te pusiste la ropa de pijama. La verdad es que nunca habías pasado tanto frío como lo habías tenido aquí. Esta noche, al igual que unas anteriores, hacía más frío de lo normal, tanto, que no podías dormir, las mantas de la cama no podían calentarte los pies, y por ello no podías conciliar el suelo. Desganada, te envolvíste una manta al cuerpo y caminaste rumbo fuera de la habitación. Tus pies dolían por el frío contacto de la cerámica, el mármol en tu piel. Llegaste a la sala, y encendiste fuego en la chimenea sin mucha dificultad, y te sentaste en el suelo frente a las tibias llamas. Tu cuerpo se calentaba poco a poco, y tú te sentías cada vez más seducida por el bello baile de las flamas sobre los troncos. Apenas estabas juntando los párpados cuando escuchaste su voz, sin siquiera haber escuchado sus pasos antes.
Lo primero que hiciste al despertar de tu letargo, fue observar donde te encontrabas. Aquella habitación no tenía nada parecido a lo que conocías antes. Era una habitación bastante espaciosa, te levantaste para sentarte en la cama, aunque aquello te dolió un poco. Moviste tus sucias ropas para ver el estado de tus heridas, las que seguían igual a la última vez. Le diste vueltas a aquello en tu mente, "la última vez", lo último que recordabas era al primer heraldo, que, parece, te había dejado abandonada, gracias a los cielos, no querías pensar en las horribles cosas que te podría hacer el primer heraldo fatui.
Te detuviste algunos minutos solo para contemplar la habitación, tenía grandes ventanales con cortinas que llegaban al suelo, todas de colores azulados y oscuros, los muebles que se encontraban adornando la habitación parecían ser de calidad y del más fino gusto, ya que, para tu desagrado, tenían varios tallados que encontrabas inútiles, eso era algo a lo que te habías acostumbrado en los laboratorios de Dottore; despreciabas lo inútil. Te regañaste a ti misma, tratando de que un simple mueble no te cause desagrado, y seguiste viendo la habitación; la cama era muy suave, supusiste que debías de haber dormido varios días en aquel paraíso, y además, tenía un gran dosel cayendo del techo, rodeando la cama en un halo de cerúleo. Al ponerte de pie, pusiste tus pies en las frías baldosas de mármol, estabas descalza y el frío te caló los huesos. A pasos inseguros, decidiste salir de la habitación para tener una idea de dónde estabas. Justo como pensaste, las cosas fuera de la habitación eran iguales; fríos pisos, grandes ventanas, y refinados muebles por doquier. Te escabulliste, igual que una rata, para que nadie te viera vagar por la gran finca. Bajaste unas escaleras rápido y sin ruido, y comenzaste a correr por el lugar, primero, buscando a algún enemigo, y segundo, buscando comida, no tenías ni idea de cuantos días habías estado dormida (¿y cómo no estarlo? tener una cama limpia era genial, y mejor si no había que compartirla con pulgas, ratas, u otras personas igual de sucias que tú) y tenías mucha hambre. Estabas acostumbrada a pasar hambre, pero ahora, claramente, estabas llegando a tus límites, ya que sentías una nueva debilidad en tus piernas, las que se cansaban rápido y además temblaban. Doblaste una esquina, y chocaste contra un rígido cuerpo. Sentiste la sangre abandonar tus venas cuando te diste cuenta de quién estaba frente a tí, era Capitano, el primer heraldo, al que jurabas haber visto abandonandote.
Las baldosas no podían ser más frías todavía, todo tu cuerpo se había estrellado contra el piso gracias a aquel impacto, el que parecía no haber movido ni un cabello del heraldo, el que se mantenía mirándote a través de su caso, que ocultaba sus facciones detrás de una bruma. Capitano te miraba atentamente, buscando una reacción de tu parte, pero tú no hacías más que temblar bajo su mirada y ponerte pálida. Definitivamente habías metido la pata.
Tenías tanto miedo que ni siquiera podías pensar, las últimas cosas que vinieron a tu mente fueron preguntas tales como; ¿Qué hago aquí? o ¿Cómo llegué aquí?, solamente estabas aterrada, en el suelo, sintiendo de pronto todos los malestares posibles, los que te cayeron encima después de 20 años de experimentación.
"¿Vas a seguir en el suelo o te muevo de una patada?" dijo Capitano, su voz gruesa rápido te sacó del trance, o bien, asustarte más.
No hizo falta la patada, solo miraste sus grandes botas militares y eso fue suficiente para que te pusieras de pie de un salto, alejando de tu mente aquellos dolores que te habían atormetado en los últimos 5 minutos. Con ese movimiento, Capitano no se movió nada, solo te quedó mirando.
"Ah, así que sabes escuchar. Eso es bueno. Sígueme"
Tampoco fue necesario que pensaras tanto qué hacer, de propia cuenta supiste que lo mejor para ti sería no desebedecerlo. Te encontraste siguiendo, con la mirada gacha y a una distancia respetable, al primer heraldo fatui, aquel que emitía un aura asesina y era respetado por muchos (sino que todos) en Teyvat. El pasillo parecía ser interminable, Capitano no dejaba de dar grandes zancadas, a lo que tú tenías que acelerar el paso para no perder el ritmo. Las puertas y las largas alfombras parecían interminables mientras lo seguías, y en eso, tu mente comenzó a dar vueltas; no sabías como habías llegado aquí, ¿Era posible que él te hubiera traído? ¿Dónde estabas? estabas segura que no era la misma base de laboratorio en la que habías estado toda tu vida, aún con tu casi nula educación, podías evidenciar que el clima no era el mismo, aquí era demasiado frío, nada parecido al calor sofocante y hasta a veces húmedo de ese laboratorio. Lo sabías porque la putrefacción avanzaba rápido en tus compañeros. No trataste de descubrir en qué lugar estabas, porque sería imposible, no conocías ni un mapa del mundo ni nada parecido. Después de esa pregunta, saltaste a otra; ¿Él te había traído? ¿Para qué? no lo comprendías, ¿Será que quería experimentar contigo también? no, no podía ser posible, habías estado dormida sobre una cama, descansando, y no te habían inyectado nada raro, ¿tal vez torturarte? tampoco, ¿Quien haría eso por gusto nada más?, y lo último que se te vino a la mente, es que el primero era un sicópata que usaba a sus presas para jugar con ellas antes de matarlas cruelmente. Te quedaste con ese pensamiento rondando por tu mente, cuando él frenó de pronto y tú chocaste con su espalda, a lo que él soltó un bufido.
El lugar olía exquisito, más de lo que alguna vez hubieras olido, no podías ni siquiera describir el aroma, solo tu estómago gruñía, ansioso, para reclamar comida.
"Sientate" demandó, caminando hacia una de las esquinas de la habitación, revisando en uno de los muebles.
Rápidamente te sentaste, y no le quitaste la vista de encima. Vestía una chaqueta negra militar, con cadenas, y tenía el cabello largo. no te fijaste en los detalles de esta nueva habitación, la que, para tu desconocimiento, era una cocina bastante grande. Capitano puso frente a ti, que estabas sentada junto a una mesita, un plato hondo lleno de arroz blanco.
"Come"
Solo dudaste por 30 segundos, en esos momentos solo te preguntaste si estaba envenenado, pero si lo estuviera, le darías las gracias desde el más allá por darte la libertad de morir, una cosa que venías deseando desde hace ya tiempo. Devoraste todo el contenido del plato sin ningún escrúpulo, ignorando el tenedor que había estado a tu lado todo ese tiempo. No sabías ni como se ocupaba, agarraste el arroz con las manos. Capitano estaba impresionado, aunque la verdad se esperaba una reacción así de una mujer que vivía sin ver la luz del sol. Sabía que estabas desnutrida, así que le daba comidas blandas por ahora, aunque... No iba a permitir esos modales en su mesa. Dottore los hacia vivir como animales, como verdaderas ratas.
Nunca pensó que alguien pudiera ser tan feliz solo comiendo arroz blanco, pero tu lo estabas. Capitano se fijó en tu desaliñado atuendo, y te mandó a cambiar.
"En la habitación hay un baño. Apestas. Peina tu cabello después de lavarte, y en el armario buscas ropa. Te quiero aquí de vuelta en una hora"
Aquello eran cosas que tú entendías, así que volviste en tus pasos, regresando a la habitación en la que habías despertado.
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This is the first time l've drawn either of these characters haha. The character on the right is my OC, Sasha
If you saw this before, I apologize as I had to make a new account and delete the old blog in order to make this my primary account so I’m in the process of getting my older posts up
You sank into the warmth of your bed after a long day of discussions with the head butler and doing house chores. Your meeting with Mr. Rodderdinger, or Mr. “Rod” as others liked to call him from what you found out, was quite the shocker.
“My, oh my! This painting! You have captured the beauty of the royal horses and knights quite perfectly!” He exclaimed after a thorough look at the creation resting on a sofa in his office.
“You painted this in a day, you say? I can’t imagine the beauty you could capture with more time on your hands!”
You were taken aback at the blatant praise. A more rushed and dismissive conversation was what you expected from an authority figure considering you weren’t from a noble family, but he was proving himself the opposite.
“I’m glad it’s up to your standards. It would’ve been pretty awkward if I carried this all the way here just to find out it wasn’t satisfactory.” You replied with relief.
“Is there any specific location or scene you would like me to paint?” You continued discussing the specifics of your commission with him for about two hours. The scenes, funding for material, number of paintings that might be expected, prices, and all that.
As you were about to leave, he asked you a question.
“I almost forgot! I heard you talking in the hallway before coming in. Did you need someone’s help with carrying this?” He gestured to the painting.
“..Yeah. This is a bit embarrassing, but I keep on getting lost around here.” You smiled awkwardly. “And I don’t live near the palace so I had to carry it all the way here along with the materials.”
“Does that mean you would have to carry your items every time you’re here to work? Now, That’s quite the chore.” He rested his elbow on the table and rubbed one side of his moustache with his gloved hand. It looked like he was thinking of something. “It’ll also cost you precious time you could spend focusing on your work instead of commuting.”
“It’s not too bad, honestly. I can manage just fine.” That was a lie. Commuting with your endless supplies back and forth was, in fact, a chore.
“Nonsense! A contractor of the royal palace should not have to go through unnecessary hardships alone. I offer you this; you live in our staff quarters to save yourself the time spent on commuting. We already have the majority of our everyday staff living here to improve their efficiency, so it will not be a problem to provide you housing.”
This was unexpected.
And so, it was decided. You won’t have to travel back and forth to the palace everyday anymore. A rushed decision, but considering this seemed to be a long and time consuming commission, you would be a fool to give up the offer. You were shown around the staff dormitories by Nancy as requested by you and moving in the next few days was a done decision.
The events of the day made it difficult for you to fall asleep, but the next few days were going to be long, and you needed the energy for it. You also wanted to savour the comfort of your home before the move in, and so, you drifted off to dreamland soon enough.
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Late into the night, a lone man stood gazing out the window in his office. The oil lamp on his desk was back to life, casting a warm glow around the room. He watched as fireflies danced around in the garden below, buzzing with life in the quiet of the night. Not a soul was awake at these hours, and mother nature came to life at the most peaceful times. He witnessed the beauty of nature alone, just as he always does, without anybody to share it with.
And yet, his mind wasn’t quite there. Rather, it was focused on the beauty of a certain individual instead of mother nature. He couldn’t help himself, his tired mind venturing off into a little hidden corner of its own, exploring the sights of a greenhouse, a fountain, and a woman struggling to hold a canvas half her size. It was thinking about the weight of the canvas as he carried it with him, leading her to her desired destination.
And it was thinking about the answer he gave her, wondering if she would be enamoured by the sight of fireflies dancing carefreely in the garden, as much as he is.
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The next few days were full of packing and trips between the palace and local markets to get what you need. The room provided to you in the staff quarters was small but cozy, furnished with a single person bed and a study table and chair. You even got a view of the mountains in the distance from your north facing window. A beautiful and inspirational sight for an artist, and a pleasure to wake up to everyday.
Setting up your belongings wasn’t a difficult task. Meals were provided from the staff cafeteria and you could even use the kitchens yourself as long as you tidied up after yourself (the chef who showed you around seemed to be putting an emphasis on the last part. Makes you wonder what horrors he might’ve witnessed happening in the kitchen.)
You found comfort in knowing Nancy was living just two rooms down yours. Knowing you could ask her for help anytime, a much needed reassurance from a blooming friendship. (“You know, you can just call me over if you need anything! I’m here to help.” Said by the ever-enthusiastic and welcoming maid-knight. You were afraid you might just end up bothering her a little too much to her liking because of how friendly she was.)
You bought a few storage items to put away your clothes, art supplies and whatnot in your room cleanly. Your easel was set up right next to the window, ready to paint the sight of ice-peaked mountains whenever you got the chance in the middle of your palace showcase series. Sketchbooks were already neatly stacked alongside stationery on the desk, crucial for whenever you needed to jot down an idea from bursts of inspiration.
Your items added a touch of familiarity to the room. If you were going to live here, you would need to get used to it and get comfortable while you can to avoid unnecessary homesickness. And regardless of the unfamiliarity and changes that come with living in a new environment, one thing was for certain. You were starting a new chapter of your life.
A lot of new experiences and memories were in store for you.