Al final llegas un punto donde ya no necesitas huir, dónde te levantas, te preparas un cafĆ©, traes una cerveza o un jugo y te sientas a gusto en el sillón, se acaba el desespero por llenar el otro asiento, el otro lado de la cama o el otro puesto en el comedor, se deja de hacer necesario oĆr la voz de otra persona cantando en el baƱo o contando historias desde la cocina, se deja de anhelar el sonido de las llaves abriendo la puerta, entonces solo estĆ”s ahĆ, sin esperar a nadie, contigo, tranquilo, sin preocuparte porque ese telĆ©fono vibre, dejando correr la mĆŗsica, las pelĆculas, saltando de pĆ”gina en pĆ”gina o dialogando con el cuadrĆŗpedo, porque a veces no nos damos cuenta de que tan rĆ”pido vamos por cosas que tienen una hora y un dĆa para llegar, nos centramos tanto en eso que no tenemos y en eso que tanto queremos que ese deseo por poseer nos hace querer ser otros, hacer lo que ellos hacen, aparentar lo que no eres, por eso es que cambias una cerveza en tu sofĆ” por planes despiadadamente vacĆos para contigo, lo suficiente incómodo para tu esencia y como si se pudiera poner peor, terminas oyendo canciones que odias cantadas por la voz de alguien que no quieres que estĆ© en tu baƱo mĆ”s de una maƱana.