Julia despertó a las 3 de la mañana cuando escuchó unos ruidos raros en la entrada de su casa que se podían oír desde el segundo piso en su habitación. Abrió los ojos en medio de la oscuridad y se asomó a la ventana y vió la sombra de un hombre tratando de forzar la puerta de entrada, muy asustada prendió la luz del porche y el hombre se percató de que alguien estaba despierto así que se fué sigilosamente.
Pero para Julia no fue tan fácil como para ese hombre hacer de cuenta que nada había pasado, ella comenzó a sufrir de insomnio y a pasar las noches en vela sentada en la ventana de su cuarto esperando cualquier sonido extraño, casi haciendo una guardia. Incluso ya sabía cuáles eran los horarios de los vecinos, que uno dormía exactamente cuando el reloj daba las 12 y el de la casa diagonal se despertaba a las 3 de la mañana a ver televisión, lo sabía porque veia el reflejo del televisor en la ventana por una hora hasta que volvía a dormir, sabía que el repartidor de periódicos llegaba a la casa vecina a las 4 y que había un hombre que salía a entrenar a las 4:30 sin falta.
La falta de sueño comenzó a afectar a Julia, tanto que ya no sabía que sonidos eran reales y cuáles no, cuando empezaba a cerrar los ojos oía un gran estruendo y se despertaba sobresaltada, sin saber que hacer, mirando de nuevo por la ventana y luego corría sin tiempo de ponerse sus pantuflas al cuarto contiguo que tenia vista al patio trasero donde no habían casas y reinaba la oscuridad. No se veía ni se oía nada.
Lo poco que dormía soñaba que aquel hombre entraba a su casa y la asesinaba regando su sangre por todas las paredes y despertaba sobresaltada, con el corazón acelerado y un pequeño tic en el ojo, por eso mismo en su trabajo empezó a fallar, la falta de sueño le estaba cobrando factura. Cuando llegaba la noche veía sospechosos en todas partes, se apresuraba a asegurar las puertas con todos los seguros posibles, las peores noches eran las noches de tormenta pues todo se oía más espeluznante, los pasos de los indigentes y los noctámbulos, al menor ruido llamaba a la policía, hasta que dejaron de atender sus llamados porque decían que era una mujer desquiciada y fuera de juicio que veía cosas donde no las había.
Una noche, después de muchas de sueño casi nulo Julia fue quedándose dormida y cayó como piedra, tanto que no escucho el chirriar de la puerta, ni los crujidos de la madera con cada paso, solo pudo escuchar la respiración de aquel individuo cuando se acercó a su cama, pero ella siempre estaba preparada, abrió los ojos y en medio de la oscuridad y del sobresalto de no saber si era otra pesadilla o era real lanzó de un zarpazo el cuchillo a la sombra gigante que estaba al borde de su cama, que esquivo el hombre, mucho más grande que ella con gran precisión, se abalanzó sobre ella, tratando de quitarle el cuchillo, pero en medio del forcejeo ella, con el mango aún en su poder, soltó el cuchillo y usó la inercia para que las leyes de la física terminarán de hacer su trabajo, clavándolo en la integridad del intruso e hiriendo de muerte al hombre.
Cuando la policía apareció en la escena y por fin la tomó en serio ella estaba visiblemente afectada, tomaron su declaración y le dijeron que no podía pasar la noche en casa pues se había convertido en la escena de un crimen, así que ella les pidió que la dejarán entrar por algunas pertenencias mínimas: una muda de ropa, cepillo de dientes, perfume, maquillaje y su diario para poder pasar la noche tranquila, se detuvo un poco ante la sombra de la sangre su cama, sangre que también estaba en la camisa que llevaba puesta.
Cuando llegó a la habitación del hotel tomó el diario en sus manos para escribir lo que había pasado aquella noche, pero en ese momento, cayó una foto, era ella muy sonriente en frente de aquella casa en la que acababa de ocurrir aquella horripilante escena y un hombre la tenía entre sus brazos, el mismo hombre que había salido en una bolsa negra hacía unos minutos atrás de esa misma casa ante la cual sonreían ambos sin advertir lo que pasaría tiempo después. En el reverso de la foto había una dedicatoria "un nido de amor para la mujer de mi vida", ella la tomó en sus manos mientras sonreía diabólicamente y un resplandor de la tormenta que se avecinaba iluminaba su rostro en el que aún se veían las oscuras ojeras de aquellas noches de insomnio.