Drogas, alienación y punitivismo: Hacia una crítica decolonial de la colonización.
El tema de las drogas suele ser abordado desde el ángulo más aburrido y predominante: el de la criminalización. Esta perspectiva, enfocada en el castigo y la moralina, oscurece las causas estructurales y las funciones sociales complejas que el consumo de sustancias psicoactivas desempeña en diferentes contextos. En esta publicación me propongo analizar el problema de la drogadicción, particularmente en las clases marginadas, no como una falla moral individual, sino como un síntoma de la alienación psíquica generada por la maquinaria de dominación capitalista y colonial. Frente a las respuestas estatales punitivas que perpetúan ésta dominación, quiero explorar las alternativas decoloniales y no punitivas.
La pregunta “¿quién se droga y por qué lo hace?” es fundamental. Para aquellos sectores excluidos del proceso productivo formal y confinados a los cinturones de miseria, drogas como el crack, la heroína o el fentanilo no son simplemente un vicio. Son, con frecuencia, un mecanismo de supervivencia psíquica.
En un contexto de pobreza extrema, desesperanza, violencia estructural y desintegración del tejido social, el consumo de estas sustancias funciona como una forma de desahogo emocional y anestesia existencial. La alienación, en el sentido marxista, se refiere a la separación del trabajador (o del no-trabajador) de los frutos de su trabajo, de su comunidad y de su propia humanidad. En los márgenes del sistema, esta alienación se intensifica, generando un dolor psíquico insoportable. Las drogas ofrecen un escape temporal, un consuelo químico ante una realidad que ofrece pocas alternativas de realización personal o colectiva. No se trata, entonces, de simple “placer”, sino de una automedicación para paliar los efectos de la dominación.
Este fenómeno contrasta radicalmente con el rol de las drogas en la burguesía. Mientras en las clases populares el consumo suele estar asociado a la huida y la anestesia, en las clases altas puede estar ligado al ocio, la productividad (por ejemplo, el uso de estimulantes en entornos laborales de alta exigencia) o la experimentación recreativa. Esta diferencia no es anecdótica; revela cómo la relación con las drogas está mediada por la posición de clase.
La criminalización selectiva recae, precisamente, sobre los tipos de consumo y las sustancias asociadas a los grupos marginados. La respuesta estatal predominante al fenómeno de las drogas no es neutral. Responde a las lógicas de dominación colonial a través del punitivismo. La llamada Guerra contra las Drogas es, en esencia, un dispositivo de poder del orden burgués que cumple varias funciones:
1. El sistema penal no persigue el consumo en abstracto, sino que se ensaña con los consumidores más visibles y vulnerables: los pobres, los racializados, los habitantes de la periferia; lo que permite estigmatizar y controlar a estos sectores sociales sin tener que abordar las causas estructurales de la miseria.
2. El sistema carcelario en Estados Unidos (y en otros países) se nutre de ésta criminalización para obtener una población reclusa que funciona como mano de obra barata y sin derechos, en una clara continuidad con las lógicas esclavistas.
3. La historia del narcotráfico, particularmente en México y América Latina, está intrínsecamente ligada al imperialismo estadounidense. Las políticas de prohibición y la “guerra” han servido como pretexto para la intervención militar y política, la desestabilización de gobiernos y el control de territorios, mientras que el flujo de armas y capitales desde el Norte alimenta el conflicto.
Por lo tanto, la perspectiva punitivista no es una solución desacertada; es un instrumento de dominación que reproduce activamente las condiciones que generan el problema. Centrarse en el castigo individual impide cualquier análisis serio sobre por qué la gente se droga.
La legalización y descriminalización son pasos necesarios, pero insuficientes si no van acompañados de un cambio de paradigma profundo. Se requiere una aproximación decolonial que desmonte las lógicas de poder que convirtieron el consumo en un problema de “seguridad” en lugar de un asunto de salud pública y justicia social.
Las alternativas no punitivas deben partir del reconocimiento de la dignidad y la humanidad de las personas que consumen drogas. Esto implica:
1. Transferir los fondos que actualmente se destinan a la persecución policial y al sistema penitenciario hacia sistemas de salud mental comunitaria, reducción de daños y programas de reinserción social que no estén basados en la coerción.
2. Cualquier estrategia seria debe atacar la raíz del problema: la pobreza, la desigualdad, la falta de oportunidades y la violencia estructural. Esto exige políticas de redistribución de la riqueza, acceso a la vivienda, educación y empleo digno.
3. Revisar casos como el de las Panteras Negras en Estados Unidos es ilustrativo. Ellos comprendieron que la liberación de su comunidad pasaba por combatir la drogadicción, pero no desde el castigo, sino desde la organización comunitaria y la autodeterminación. Crearon programas de desayuno infantil, clínicas médicas y programas de educación política que ofrecían un sentido de pertenencia y un proyecto de vida alternativo al que ofrecía la droga. La rehabilitación no era un proceso individualista, sino colectivo y político.
El debate sobre las drogas no puede reducirse a una cuestión de salud individual o de seguridad pública. Es, fundamentalmente, un problema político. La drogadicción en el lumpenproletariado es un síntoma de la alienación psíquica producida por un sistema capitalista y colonial que niega la posibilidad de una vida plena a amplios sectores de la población. El punitivismo es la respuesta funcional a ese sistema, diseñado para gestionar y controlar a los sobrantes, no para emanciparlos.
Frente a esto, es imperativo construir horizontes alternativos que partan de la descriminalización, pero que avancen hacia la justicia social y la reparación comunitaria. Se trata de cambiar la pregunta: en lugar de “¿cómo castigamos a quienes se drogan?”, debemos preguntarnos “¿qué sociedad hemos construido que lleva a tantas personas a buscar refugio en las drogas?” y, sobre todo, “¿cómo construimos una donde eso no sea necesario?”. La respuesta, necesariamente, deberá ser decolonial y anticapitalista.