Nico The End... Island, 1974 320 kbps. | 95 MB aprox.
¿Qué es un final? Lejos de las especulaciones optimistas que nos sugieren que en todo desenlace existe un nuevo comienzo, creemos más bien que en cada fin hay, precisamente, una terminación, un cierre necesario a una tarea desempeñada con el ahínco y la dedicación necesarias. Por supuesto, creer que en este hecho simbólico se esconden en realidad las fuerzas que nos darán energía para afrontar desafíos renovados no es algo de lo que haya que renegar, sino más bien todo lo contrario; cualquier subterfugio que sirva de excusa para poder tomar envión y arrancar de nuevo en un contexto en el que lo que prima es el sedentarismo y la falta de ambición es muy bien recibido. Por acá, sin embargo, creemos a rajatabla en los ciclos, y sabemos muy bien de sopesar las razones por las cuales algunos se acaban mientras que otros prosiguen. Las continuidades indefinidas, a nuestro modesto entender, conspiran contra la idea misma del arte, que supone la absorción e incorporación de influencias diversas en camino a la investigación de tendencias e ideas variadas y distintivas. Dicho progreso no puede lograrse sin detenerse unos minutos a pensar y aprender, y para ello es menester parar el movimiento continuo y reflexionar. Son tales momentos de recogimiento los que generan las mejores iniciativas, pues es en esa paz que los conceptos pueden decantar hasta alcanzar su forma más lograda. Dicha decantación es tan paulatina y progresiva como el horadar de la piedra por parte del curso de agua que, perpetuo, ejerce su fuerza natural en factores en apariencia invulnerables. En el caso de la psiquis humana, lo invencible es el quedo, el statu quo, la comodidad, el falso confort de nuestra contemporaneidad que indetermina las decisiones, dejando que las máquinas y las corporaciones las tomen por nosotros. Este fantasma es muy difícil de combatir, pero su único y mayor enemigo siempre será el pensamiento. Por supuesto que pensar y hacer pueden -y deben- convivir, pero sus dos tierras son espacios separados; el espacio de la idea y el de la praxis, aunque confluyentes en su carácter de expresión de intenciones, no podrían ser más diferentes en la manera en que se llevan a cabo. Una es todo introspección, todo espacio espiritual y mental, un continuo de conceptos que se yuxtaponen para dar a luz una nueva expresividad. El otro es el campo de la acción, meter las patas en el barro de la realidad para buscar cambiarla a partir de acciones individuales que despierten reacciones colectivas. La convivencia entre ambas es tal que la acción misma puede dar lugar a la expansión de la conciencia por la vía de la felicidad que se desprende del hacer; esto es, cuantas más cosas emprendemos, mejores ideas tenemos. Pero en la mayor parte de las ocasiones lo que se necesita es saber cuándo parar la pelota, mirar al horizonte y decidir con detenimiento para qué lado tirar el cambio de frente. No es fácil conciliar la acción permanente con el ansia de innovación que deviene del mundo de las ideas, pues nos sucederá que nos sentiremos atrapados en la cinta de Moebius de la rutina que nos persigue como una gran constante, constriñendo nuestra capacidad de reflexión y desinflando nuestras otrora azuzadas conciencias. Por eso es que los fines no necesariamente dan luz a otro comienzo, sino que en realidad son el punto necesario para poder volver a pensar cuál será la próxima aventura que emprenderemos en nuestro breve y temporal paso por este plano. Si sabemos retirarnos a tiempo sabremos también entrar a tiempo a la próxima instancia de nuestra evolución. Porque sí, amigos, se puede evolucionar mucho más allá de las cuestiones biológicas que demarcan nuestra existencia y que son los únicos factores de cambio inexorables. Se puede evolucionar dentro de nosotros mismos, creciendo, creando, pensando, haciendo, inspirados e inspirando, siendo uno el factor que modifique el contexto con su ansia perenne por encontrarle la vuelta a la cuestión del progreso que es tan necesaria para no quedarse estancado, ahogado por las maledicencias de la rutina.
Por estos lares siempre pregonamos nuestra entrega y voluntad total a los avatares del progreso, tratando en el ínterin que hemos durado de ir para adelante, de hacer y crear para uno pero también para los demás; sin pensar necesariamente en un público sino en un fin: el de ser, el de estar y sólo estando crecer. Tal es, justamente, la finalidad de este espacio. El análisis de un inconsciente marcado a fuego por la experiencia musical a través de la pormenorización de las muchas manifestaciones que se dan cita en tal fenómeno se transforma, por la vía del ciberespacio, en una misión y en un legado. En la eternidad -quizás falaz- que la nube etérea de lo virtual presupone, un lugar como este intentará erguirse por siempre, como una demostración de lo que puede hacerse cuando a la detención reflexiva se la prosigue con un llamado a la acción definitivo, con una aventura que no se detiene ante ninguna inclemencia y permanece, creciendo, ahí en el miasma de los bytes, listo para ser recogido por quien guste pasar por aquí y descubrir todo cuanto hay en nuestro extenso acervo. En el proceso de creación y acción que dio vida a este sitio hay, también, un crecimiento. No sólo hablamos del tamaño del archivo que va creciendo, por supuesto. Hablamos también del fin humano que hay detrás de estas muchas palabras, uno cuya preponderancia y tamaño son casi imponderables, huella imborrable ya no en el miasma del ciberespacio sino en la vida misma que produjo todo lo que ocurre por aquí. Pareciera un reduccionismo apelar a lo individual para hablar de algo que desde aquí mismo se antojó etiquetar como colectivo, pero en definitiva eso es. Un proyecto personal que se ha dejado, merced a las cuestiones añadidas a la fenomenología web, a merced de lo social, de ustedes que le dan un fin último a todo cuanto aquí pasa. Fíjense cuántas veces dijimos (escribimos) esa palabra, fin. Por supuesto, esto debe tener que ver con la inmanencia de la propia conclusión que en poco tiempo se abatirá sobre este espacio, pero también con sus muchos significados y con la pregunta que abrió esta disquisición. Un fin es a la vez una terminación y un objetivo, tal su cruel ironía. Por eso el propósito debe ir separado necesariamente de la exigencia de darle un marco temporal, un desenlace que no opaque aquello que se deja sino que sea lo justo y exacto para darle su adecuada dimensión. Eso es lo que intentamos por acá esta vuelta, justamente. Oponer a la cuestión de lo atemporal un proyecto con una extensión determinada, una coda al concierto que reflejan tantas músicas aquí coexistentes que sirviera a la vez como celebración y como debido contexto para todo lo que ya de por sí habíamos dejado antes de nuestra primera pausa, esa que se antojaba eterna pero que terminó siendo apenas un hiato, un modesto impasse. No es el caso de esta vuelta, amigos, pero eso es precisamente lo que este lugar necesita: un cierre adecuado, un festejo de su mera existencia, un bonus track de esos que nos dejan contentos y nos permiten pasar a lo siguiente sin temerle a lo que vendrá sino esperándolo, armados justamente con el optimismo y la esperanza de que algo mejor vendrá una vez que aprendamos a despojarnos de eso que cumplió su ciclo vital y hoy se antoja como una habitación cerrada. No es necesario que tiremos la llave, por supuesto; siempre tendremos en ella un espacio donde descansar. Pero sí es menester entender que no podemos quedarnos encerrados en ella, que el mundo es demasiado grande para no pensar en que en alguna de sus esquinas hallaremos lo que sea que buscamos, lo próximo, el porvenir; lo que vendrá. El futuro es inexorable, como lo es la impermanencia, la diversificación constante de nuestras vidas en las alternativas más peculiares. Habrá que abrazar, entonces, lo inasible, lo impredecible. Dejarse ir hacia aquello que empieza a dibujarse ni bien se cierra un círculo, para empezar de a poco el lento y progresivo proceso de redibujar los bordes de la espesa neblina que se nos aviene y descubrir tras su fugaz velo la corporeidad de lo nuevo, la seductora forma del porvenir. La vida nos obliga a hacerlo, después de todo, y es por eso que debemos ser los únicos dueños de nuestros desenlaces, poseedores del margen que delimita lo que queremos lograr. Sólo así, sabiendo bien de espacios, tiempos y ciclos, entenderemos cuándo es hora de ir más allá dejando lo que irá a terminarse atrás, sin olvidarlo sino tomándolo como se toma impulso para avanzar.
La obra que dejamos, después de todo, será lo único que nos sobrevivirá. Entendamos bien, entonces, cuándo es hora de dar por terminado lo concluido y descubrir hacia dónde ir después.












