Hace un calor de esos que deforman el horizonte. Estoy tirada en la tundra caliente, el abdomen desgarrado, las tripas al sol. Un arbusto espinoso me raspa la planta de los pies cuando se mece con la brisa ocasional, leve como un soplido.
Allá viene la hiena, con sus ojos taimados, de bicho tramposo, esa mirada que esconde lo siniestro. La veo venir. Siempre la vi venir, pero antes podía correr o esconderme. Ahora no puedo. Mi cuerpo destrozado apenas sobrevive, lucha en terreno árido y ardiente. Solo mi mente resiste. Los niños se fueron, tomados de la mano, a pedir ayuda a alguien de la tribu. No saben que hoy la hiena viene por todo. Son niños, no saben o eligen no saber, porque saber duele. Solo espero que no sean testigos de lo que está por suceder.
La bestia llega con la cabeza gacha, se acerca despacio y en silencio, porque a pesar de verme abatida, es cautelosa. No confía ni en su propia sombra, como buen animal cleptoparásito.
Camina en ronda alrededor de mi cuerpo desgajado, me huele, me vigila. Siento su respiración hedionda cada vez más cerca.
Con su gran pata callosa, tantea mi tórax, mi abdomen. Mi indefensión la envalentona e hinca sus dientes filosos en mis vísceras. Comienza a masticar, despacio. No se apura. ¿Para qué? Tiene todo el tiempo del mundo.
Por el rabillo del ojo, descubro que mis hijos han vuelto sin ayuda y observan en silencio el banquete que se está haciendo la hiena conmigo. No gritan, no se asustan, solo observan, como el público expectante al matador antes del estoque. Quisiera gritarles que huyan, que la hiena los va a dañar, los va a engañar, pero mi voz es interna. Es mi mente la que habla. Ya no tengo lengua.
Los niños se toman de la mano de nuevo. La hiena hunde su hocico en mi organismo deshecho, saca lo que queda de intestinos, se come el hígado, desparrama el epiplón, desgarra músculos y membranas con sus incisivos. Tiene la cara cubierta de sangre, disfruta de su festín, lo saborea.
Tantos años de acecho han dado sus frutos: hoy es su día.
Cuando siente que ya está satisfecha, levanta la cabeza y posa su mirada en mis hijos. Se acerca a ellos con la lentitud del que se sabe triunfador. Entre mis párpados caídos, me parece ver que conversan. No oigo nada, solo el ruido del silencio.
Los niños me lanzan una última mirada. Creo distinguir vestigios de lástima en sus ojos. O tal vez de compasión. En cualquier caso, se dan vuelta y caminan hacia el oeste, allí donde ahora comienza el ocaso. Tres sombras se pierden en el horizonte, los tres en fila, uno junto al otro.
Siento el olor a sangre en la tierra regada y, todavía, las espinas me rayan los pies.