SOBRE EL SILENCIO, EL PECADO Y EL PLACER PARA AQUELLOS QUE SIGUEN EL CAMINO.
—Ouspensky se asombra al ver el carácter práctico de la enseñanza y los métodos de Gurdjieff, a diferencia de todo lo que había conocido anteriormente.
"Para el alimento, para los placeres, para el sueño; para cada cosa lo que es necesario tiene un límite. Más allá comienza el 'pecado'. Trate de comprender esto bien: 'pecado' es todo lo que no es necesario..."
Con el transcurso del tiempo llegó a ser evidente para nosotros que sin los ejercicios mentales y físicos que nos entregaba Gurdjieff, nunca se podría obtener nada por un camino puramente de estudio psicológico.
Para la mayoría de nosotros, la principal dificultad que pronto apareció, era el hábito de hablar. Nadie veía este hábito en sí mismo. Nadie podía combatirlo, porque siempre estaba unido a alguna característica que el hombre consideraba como positiva en él. Si hablaba de sí mismo o de los demás, era porque quería ser "sincero", o deseaba saber lo que otro pensaba, o bien ayudar a alguien, etc., etc... .
Rápidamente me di cuenta de que la lucha contra el hábito de charlar o, en general, de hablar más de lo necesario, podía volverse el centro de gravedad del trabajo sobre sí, porque este hábito se relacionaba con todo, penetraba en todo, y para muchos de nosotros era el menos notado. Era verdaderamente curioso observar cómo, en todo lo que el hombre emprende, este hábito (digo hábito a falta de otra palabra; sería más correcto decir: este pecado o esta calamidad) tomaba en seguida posesión de todo.
Durante nuestro paso en Essentuki, en 1917, entre otras cosas, Gurdjieff nos hizo hacer un pequeño experimento de ayuno. Anteriormente yo había hecho experimentos de este género, y me eran en gran parte familiares. Pero para muchos otros, era nueva esta impresión de días interminables, de vacío total, de la futilidad de la existencia.
—Bien, (dijo uno de nosotros), ahora veo muy claramente por qué vivimos y el lugar que tiene el alimento en nuestras vidas. Pero en cuanto a mí, lo que me interesaba particularmente, era constatar el lugar que tenía en la vida el "parlotear". A mis ojos, este primer ayuno se reducía para cada uno a charlar sin parar sobre el ayuno, durante varios días; dicho de otra manera: "cada uno hablaba de sí mismo".
A este respecto, recordé viejas conversaciones que había tenido con uno de mis amigos en Moscú sobre el hecho de que el silencio voluntario debía ser la disciplina más severa a la cual un hombre pudiera someterse. Pero en aquella época lo que entendíamos por esto era el "silencio absoluto". Y en relación a esto, una vez más, las explicaciones de Gurdjieff hicieron resaltar el asombroso carácter práctico que diferenciaba su enseñanza y sus métodos de todo lo que había conocido anteriormente. Me dijo, cuando traté de compartir con él mis ideas sobre este tema:
— El silencio completo es más fácil. El silencio completo es simplemente un camino fuera de la vida, bueno para un hombre en un desierto o en un monasterio. Aquí, hablamos del trabajo en la vida. Y se puede "guardar silencio" de tal manera que nadie se dé cuenta. Todo el problema surge del hecho de que decimos demasiadas cosas. Si nos limitáramos únicamente a las palabras realmente indispensables, esto en sí mismo podría llamarse "guardar silencio". Y es así para todo: para el alimento, para los placeres, para el sueño; para cada cosa lo que es necesario tiene un límite. Más allá comienza el "pecado". Trate de comprender esto bien: "pecado" es todo lo que no es necesario.
— Pero si desde ahora, en este mismo instante, la gente se abstuviera de todo lo que es inútil, ¿qué sería toda su vida? (pregunté). Y ¿cómo distinguirían lo que es necesario de lo que no lo es?
— De nuevo habla usted a su manera (dijo Gurdjieff). Yo no hablaba en absoluto de la "gente". Ésta no va a ninguna parte y para ella no hay pecado. Pecado es lo que clava al hombre en el sitio cuando ha decidido ir, y es capaz de ir. Los pecados son para aquellos que siguen el camino, o que se acercan a él. Y desde entonces pecado es lo que detiene a un hombre, lo que le ayuda a engañarse y a imaginar que está trabajando, cuando simplemente está dormido. El pecado es lo que adormece al hombre cuando ya ha decidido despertar. ¿Y qué es lo que adormece al hombre? Nuevamente, todo lo que es inútil, todo lo que no es indispensable. Lo indispensable siempre está permitido. Pero más allá, inmediatamente comienza la hipnosis.
Sin embargo, deben recordar que esto concierne únicamente a los que están o creen estar en el trabajo. Y el trabajo consiste en someterse voluntariamente a un sufrimiento temporal para librarse del sufrimiento eterno. Pero la gente le teme al sufrimiento. Quiere el placer ahora, de inmediato, y para siempre. No quieren comprender que el placer es un atributo del paraíso, y que es preciso ganarlo. Y esto es necesario, no por razón o en nombre de alguna ley moral —arbitraria o interior — sino porque si el hombre obtiene el placer antes de haberlo ganado, no estará en condición de mantenerlo, y el placer se volverá sufrimiento. Lo esencial es que hay que ser capaz de conquistar el placer, y ser capaz de conservarlo. Quien puede hacerlo no tiene que aprender. Pero el camino que conduce allí pasa por el sufrimiento. El que se imagina que, tal como es, puede aprovechar del placer, se engaña mucho, y si es capaz de ser sincero consigo mismo, entonces llegará el momento en que podrá darse cuenta.