Hace unos días estaba mirando el afiche que anuncia el regreso de las corralejas a nuestro pueblo y no había terminado de leer la programación cuando las voces de protesta en contra de esta fiesta ya se anunciaban en nuestro medio periodístico más influyente y ahora también chismógrafo de cabecera: Sahagún en Línea.
No cabe duda que el tema de prohibir o no las corralejas es un debate que ha despertado pasiones, opiniones y controversia en todos los sectores de nuestra sociedad y no es para menos, después de ver las crueldades cometidas hace un tiempo en contra del toro que sufrió una muerte violenta en las fiestas de Turbaco, o el caballo que descuartizaron en plena arena y ante la mirada indiferente de cientos de espectadores en el municipio de Buenavista, en Sucre.
Fueron situaciones tan reprochables, que las voces de abogados, organizaciones defensoras de los animales, ambientalistas e inclusive el gremio de los toros se alzaron en contra de estos actos y hasta el alcalde de Turbaco fue denunciado en la Fiscalía por prevaricato por omisión, al no tomar las medidas pertinentes y no advertir sobre la protección especial que deben recibir los animales durante las corridas, como tampoco sobre la negativa de ingreso de niños a estos eventos.
El rechazo hacia estos hechos de barbarie ha sido categórico y ha venido desde todos los sectores sin excepción, con argumentos no sólo desde el punto de vista ético, sino también con el debido respaldo legal que a la luz del estatuto de protección animal ha prohibido estas prácticas desde antes de la promulgación de la Constitución de 1991.
He querido referirme a este tema en particular porque últimamente y al mejor estilo de Greenpeace, de la nada aparecieron unos dizque animalistas y defensores de la cultura, de la decencia y las buenas costumbres, a señalar que la popular “fiesta en corraleja”, manifestación cultural típica de nuestra región sabanera, constituye no sólo un atraso en nuestra forma de abordar la cultura, sino además un atentado y una violación directa de los derechos de los animales, específicamente de los toros.Quiero dejar claro que desde ningún punto de vista justifico el maltrato animal, pues soy de los que piensa que los animales son sujetos de algunos derechos, pero sí defiendo el significado que tienen las corralejas para una cultura que durante años ha estado ligada a ellas.
Entendamos de entrada que la realización de las corralejas es permitida desde el punto de vista legal, y aunque hace un tiempo fueron demandas las excepciones que trae nuestro Estatuto de Protección Animal (Ley 84 de 1989) que permite la realización de rejoneos, novilladas, corralejas, becerradas y peleas de gallos, la Corte Constitucional declaró la legalidad de dichas prácticas en la sentencia C-666 de 2010, recordando precisamente el arraigo que tienen estas tradiciones en la idiosincrasia de ciertas regiones de nuestro país. Eso sí, el alto tribunal hizo la salvedad que los animales que participan en estas fiestas deben recibir protección especial contra el sufrimiento y el dolor durante el transcurso de esas actividades y que de ello depende la no prohibición de las mismas.
Lo mismo dijo el Consejo de Estado cuando tutelaron las corralejas de Sincelejo el año pasado, pues en el fallo que resolvió la tutela, con ponencia del magistrado Guillermo Vargas Ayala, se dijo muy clarito que se puede “regular la realización de las manifestaciones culturales que impliquen violencia animal para garantizar en la mayor medida posible el deber de protección de las especies involucradas en ellas, sin que, se repite, puedan prohibir o suspender estas manifestaciones culturales amparadas por la Constitución y la Ley”. En pocas palabras, las corralejas si se pueden hacer, siempre y cuando se hagan bien.
Aceptémoslo, lo que pasó en Turbaco y en Buenavista fue una brutalidad, fue una cosa de vándalos que no se puede repetir, quienes frecuentan las corralejas a lo largo de la región y quienes solo asisten de manera ocasional o cuando juegan de local saben que a pesar de que las pintan como una actividad sangrienta, la realidad es otra, el animal nunca muere e inclusive continúa participando en corralejas de otros pueblos y regiones, mueren más personas en otras circunstancias y matan más animales de otra forma un puente festivo en Colombia que en una tarde de de toros. La realidad es que estos eventos difieren muchísimo del espectáculo de los toreros que cortan orejas y matan toros con pantaloncitos apretados y me atrevería a decir que nuestra fiesta no gira alrededor de una tortura en contra de estos animales y que el toro no es el único protagonista del espectáculo.
Las corralejas son una tradición que se ha mantenido por más de un siglo y han sido una expresión cultural propia de nuestra región desde mucho antes de que se nos diera por hacer nuestra propia versión del Carnaval de Barranquilla, desde mucho antes de que nos inventáramos el Festival Nacional de la Cultura (otra de nuestras fiestas propias y que merece todo el respeto y preservación) e inclusive desde mucho antes de que en el Congreso los ñoños lograran esa “gran proeza” de declarar al Festival Princesa Barají patrimonio artístico y cultural de la Nación.
La fiesta en corraleja es una celebración que une a los pueblos alrededor de un sentimiento colectivo, de una fiesta patronal o de una fecha conmemorativa, es el escenario donde confluyen todo tipo de personas sin distinción de origen, raza o estrato social, es un lugar en donde como sabaneros rendimos culto a lo que somos, a las actividades económicas que nos representan, es un espacio para compartir vivencias, alegrías y penas, para escuchar y deleitarse con un porro palitiao, para reírse de uno mismo, para disfrutar la belleza de nuestras mujeres, para bailar en los pick-ups, para tomarse un buen trago de whiskey, disfrutar con los diversos actores que se juegan la vida no solo en el ruedo sino también en los palcos y por supuesto para disfrutar y entretenernos con las hazañas de quienes interactúan con los toros arriesgando su propia vida.
Las corralejas generan también un crecimiento importante en la economía local y contribuyen en la generación de ingresos para cientos de familias, es una forma de trabajo para quienes se la pasan viajando por toda la región montando y desarmando la estructura que alberga la celebración y es una oportunidad de oro para decenas de personas que no cuentan con un trabajo formal. En las corralejas usted encuentra a los fritangueros, al vendedor de agua, de frutas, de guarapo, de panochas, al vendedor de los famosos “muslitos de pollo”, al vendedor de chicharrón en bolsita, de algodón, las carpas de carne llanera, al vendedor de butifarra, de patacones, de caramelos, a los manteros, actores, bandas y todo tipo de referentes gastronómicos y culturales que ya no vemos en la cotidianidad pero que se reúnen en torno a la fiesta con el único propósito de mantener vivas nuestras costumbres.
Es por eso que no logro comprender, después de dilucidar toda esta serie de argumentos tanto jurídicos como personales, que personas que han nacido en medio de esta tradición, que la han vivido, que la han gozado y que la han representado y llevado a otras regiones de Colombia, salgan a decir de un momento a otro, que las corralejas van en contra de lo que somos cuando no cabe duda que deberían ser por su misma naturaleza, la mejor excusa para celebrar nuestra cultura.
A quienes sean defensores férreos y de convicción de los derechos de los animales los respeto y los apoyo, pero a “sapos” sin ideología, que ni siquiera viven en sus pueblos y que creen que la eliminación de nuestras costumbres es la mejor forma de consolidarnos como ciudad cultural del Departamento si me permito cuestionarlos, porque si hay algo que nos ha mantenido vigentes y ha contribuido a destacarnos como municipalidad eje de la cultura, es precisamente la conservación y la defensa de los que somos y eso incluye todas las manifestaciones culturales, artísticas, arquitectónicas, históricas, religiosas que sean de arraigo de nuestra región, entre ellas las corralejas.
No voy a terminar este post diciendo que todo es color de rosa porque debemos aceptar que hay cosas que se deben mejorar, no cabe duda que es necesario propender por una fiesta más responsable y más consciente, bajo las prerrogativas que defienden el respeto por los animales que hacen parte de la celebración. Además, las autoridades tienen que asumir su papel en el desarrollo de estas fiestas, ejerciendo los controles y la vigilancia debida para evitar al máximo situaciones desafortunadas, implementar políticas y acompañar a los asistentes. Y ni que decir de nosotros como espectadores, quienes estamos llamados a transmitir un mensaje encaminado a las próximas generaciones para que aprendan a preservar esta cultura y al mismo tiempo se sensibilicen en el cuidado de los animales que hacen parte la misma.
Ahora bien, si a usted no lo logran convencer todos estos argumentos y simplemente no le gusta la fiesta y no le parece que sea un referente cultural, pues no participe de ellas y respete el derecho de quienes si la disfrutan. Y que este debate sirva para aplicar esta filosofía en todos los aspectos políticos y sociales de nuestra vida nacional, respetando las libertades de nuestros semejantes, de manera que si a usted tampoco le gusta el aborto, pues no aborte; si no le gusta el matrimonio homosexual, pues no se case con un homosexual; si no le gusta la marihuana, no fume marihuana y si no le gustan las corralejas, no vaya a las corralejas.
La verdad es que han sido muchos los juicios y las opiniones que se han lanzado alrededor de esta celebración, pero sin duda, la mejor descripción de esta tradición la hizo el maestro Rubén Darío Salcedo en su composición “20 de enero” cuando aseguró sin temor a equivocarse que la fiesta en corraleja es la fiesta de la Costa, más alegre de Colombia.
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Victor José Del Vecchio Peñate
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