Esta noche siento el corazón chiquito.
No sé explicarlo de otra manera.
No es exactamente tristeza, aunque tengo ganas de llorar. Tampoco es felicidad, aunque hay cosas que me hacen sentir tranquila. Es como si todas las emociones hubieran decidido sentarse al mismo tiempo en el mismo lugar y ahora no hubiera suficiente espacio para ninguna.
Intentando entenderme otra vez.
Hay días en los que siento que he avanzado muchísimo y otros en los que una conversación, un recuerdo, una palabra o incluso un silencio me devuelve a lugares que pensé que ya había aprendido a habitar.
Pero supongo que así funciona esto de estar viva.
Uno no sana en línea recta.
A veces vuelve al miedo, vuelve a la duda, vuelve a esa necesidad absurda de saber qué significa cada cosa, qué siente el otro, qué va a pasar después, si lo que hoy está bien seguirá estando bien mañana.
Qué cansancio tener una cabeza que quiere respuestas cuando el corazón solamente quiere sentirse seguro.
Últimamente he pensado mucho en lo difícil que es querer a alguien cuando una también está aprendiendo a quererse a sí misma.
Porque puedo comprender muchas cosas.
Puedo entender procesos, heridas, silencios, miedos, tiempos distintos.
Puedo mirar a alguien y pensar que quizá detrás de ciertas acciones hay cosas que todavía no ha podido resolver.
Pero también estoy aprendiendo que comprender a alguien no significa que todo deje de doler.
Hay cosas que puedo entender y aun así sentirlas.
Y creo que durante mucho tiempo confundí madurez emocional con no dejar que nada me afectara.
Como si ser fuerte significara poder escuchar cualquier cosa y responder tranquilamente.
Como si decir “está bien” fuera siempre la respuesta más adulta.
A veces algo me toca una fibra.
A veces me siento insegura.
A veces tengo ganas de llorar y ni siquiera quiero convertir ese llanto en una conversación complicada.
A veces solamente quiero reconocer que algo me dolió y quedarme ahí un momento.
Sin convertirlo en una tragedia.
Porque también estoy aprendiendo que no todo sentimiento necesita convertirse inmediatamente en una decisión.
Puedo sentir miedo y esperar.
Puedo sentir celos y preguntarme de dónde vienen.
Puedo sentir inseguridad y no actuar desde ella.
Puedo tener ganas de llorar y simplemente llorar.
Quizá eso también sea crecer.
No dejar de sentir, sino dejar de tenerle tanto miedo a lo que siento.
Y hay algo extraño en todo esto.
Porque las cosas están bien.
Hay una calma que hace un tiempo no estaba.
Hay conversaciones que antes quizá no habrían ocurrido.
Hay una cercanía distinta.
Hay una sensación de que, por ahora, estamos caminando en la misma dirección, aunque todavía no sepamos exactamente hacia dónde.
Y debería ser suficiente para disfrutar el presente.
Pero mi cabeza a veces quiere adelantarse.
Quiere saber el final antes de terminar el capítulo.
Quiere asegurarse de que no va a doler.
Y la vida nunca me ha dado garantías.
Porque quizá no necesito saber qué va a pasar para reconocer que hoy algo se siente bonito.
Y quizá tampoco necesito fingir que no tengo miedo para disfrutarlo.
Puedo tener ambas cosas dentro de mí.
Puedo estar feliz y tener miedo.
Puedo sentirme querida y todavía tener inseguridades.
Puedo confiar y seguir siendo vulnerable.
Puedo querer a alguien sin hacer de esa persona el centro absoluto de mi estabilidad.
Eso último me está costando.
Porque cuando quiero, quiero de verdad.
Y cuando algo me importa, mi mente empieza a construir escenarios, posibilidades, futuros, finales alternativos.
Pero ya no quiero vivir así.
No quiero pasarme la vida tratando de anticipar el momento exacto en que algo podría romperse.
Quiero aprender a quedarme en lo que está pasando.
A hablar cuando algo me duela.
A no hacerme la fuerte cuando necesito un abrazo.
A no hacerme la indiferente cuando algo me importa.
A no esconder mi sensibilidad para parecer más segura de lo que realmente me siento.
Porque quizá mi sensibilidad nunca fue el problema.
Quizá el problema fue creer que tenía que esconderla para que alguien pudiera quedarse.
No quiero ser una versión cuidadosamente editada de mí misma.
Quiero poder existir completa.
Con mis días brillantes y mis noches raras.
Con mis ganas de crear y mis momentos de agotamiento.
Con mi manera intensa de querer.
Con este corazón que a veces se siente enorme y otras veces, como esta noche, se siente pequeñito.
Tan pequeño que parece que solamente le cabe una cosa:
No tengo una conclusión brillante.
No tengo una respuesta definitiva.
No sé exactamente qué significa todo esto.
Solo sé que esta noche necesito permitirme estar sensible sin convertirlo en un problema.
Mañana probablemente vuelva a reírme.
Pero esta noche quiero dejar constancia de algo:
A confiar sin olvidarme de mí.
A recibir sin pensar inmediatamente que todo lo bueno tiene fecha de vencimiento.
Y, sobre todo, a entender que no tengo que resolver mi vida completa antes de dormir.
Hoy tengo el corazón chiquito.
Hoy tengo ganas de llorar.
Por ahora, solo necesito quedarme conmigo.