¿Dónde ha quedado el romanticismo?
A veces me detengo a pensar en esta época que nos tocó vivir, donde los mensajes de texto reemplazaron las cartas escritas a mano, donde un "me gusta" se ha convertido en el nuevo te quiero, y donde la inmediatez parece haber sepultado la paciencia de construir algo profundo.
El romanticismo, ese arte de mirarse a los ojos sin prisa, de regalar una flor encontrada en el camino, de escribir una nota y esconderla en la lonchera, de llamar solo para escuchar la voz del otro... ese romanticismo parece haberse diluido en la rutina.
Y no, no hablo de gastar dinero, hablo de gastar atención, de gastar presencia, de actos, de regalar tiempo que es la única cosa que no recuperamos.
Hoy muchos confunden la individualidad con el desapego. Defienden su "espacio" con murallas tan altas que ya no dejan entrar ni una brisa de ternura. Se olvidan que se puede ser individual y a la vez profundamente compañero. Que la autonomÃa no está reñida con un abrazo que sana, con un "pensé en ti hoy", con un detalle pequeño pero enorme en su intención.
Pero hay algo aún más Ãntimo, más callado, que también se está perdiendo: la complicidad de terminar el dÃa juntos. Ese momento en que el mundo afuera se apaga, las preocupaciones quedan del otro lado de la puerta, y solo quedan dos cuerpos que vuelven a encontrarse en la cama, hace falta presencia.
Dormir juntos al final del dÃa es un acto de fe. Es decir: "aquà estoy, vulnerable, cansado, a veces sin ganas de hablar o podria estar en otro lugar pero elijo estar a tu lado". Y en esa elección silenciosa habita un romanticismo que nadie publica en historias, pero que sostiene más que cualquier gesto grandioso.
Hace falta hacer sentir abrazado al otro aunque para uno ciertas cosas no sean importantes. Porque el verdadero amor no siempre entiende por qué al otro le duele algo, por qué necesita escuchar "te quiero" por décima vez, o por qué le emociona una tonterÃa. Pero lo respeta y lo abraza. No desde la lógica, sino desde el cariño, es abrazar sus miedos aunque tú no los tengas, es escuchar su historia aunque ya la sepas de memoria, es quedarte despierto cinco minutos más porque él necesita hablar, aunque tú te estés muriendo de sueño.
Esa es la intimidad que nadie ve: la de elegir al otro incluso cuando no te aporta nada "práctico". La de decir "esto a mà no me importa, pero como te importa a ti, entonces me importa".
¿Dónde quedó escribir un poema aunque salga mal? ¿Dónde quedó bailar en la cocina mientras se lavan los platos? ¿Dónde quedó pedir perdón sin excusas, y agradecer?
Quizá no es que el romanticismo haya muerto... Quizá solo está herido, escondido detrás del miedo a parecer cursi, a mostrarse vulnerable, a ser el único que aún cree en el amor con mayúsculas.
Pero te digo algo: el romanticismo no se fue del todo. Sobrevive en esos pocos que aún se atreven a escribir una carta, a regalar una flor sin razón, a decir "te extraño" sin que haya pasado un solo dÃa sin verse. Sobrevive en quienes entienden que una relación no es una transacción, sino una construcción diaria con ladrillos de palabras bonitas, de silencios cómplices, de manos que se buscan bajo la mesa sin que nadie las vea.
Sobrevive en quienes, al final del dÃa, apagan el celular antes de apagar la luz, y se giran para abrazar al otro. Sin razón. Sin objetivo. Solo porque sÃ.
Quizá el romanticismo no ha desaparecido: solo está esperando que alguien tenga el valor de rescatarlo. Porque el amor, al final, nunca ha sido cuestión de modas, sino de valientes.