DILEMA DE LA PROCESIONARIA
Ayer, bajando de Montesión por los Bosques del Sur de la Sierra de Cazorla, me topo con una procesionaria sin procesión (Thaumetopoea pityocampa), feroz devoradora de pinos laricios, los más hermosos y preferidos para el mástil de las carabelas que surcaron el oceano buscando las Indias por occidente.
¿Qué debo hacer? ¿La mato o no la mato? ¿Dejo las cosas como están?, ¿no peco entonces por omisión y pasividad contra la salud del pinar? Matar o no matar, la oruga o el pino, tal es la disyunción excluyente que me angustia como una trágica alternativa moral. La muerte de unos que es vida de los otros.
¿El pino o el gusano? Atribulado, se me hace el camino cuesta, y me cuesta remontar, hasta que por un claro del bosque de Riogazas asoma el panorama de la Iruela. Detrás, el horizonte de extensos olivares.
Cesa la aflicción. Entonces salivo, porque pienso en el vino de la tierra y en el sabroso estofado de jabalí de Don Chema, potente cazador y metre atentísimo de Cazorla.