Capitulo Dos.
Pasan demasiadas cosas importantes
(Salu2 de Lisensiao)^-^

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Pasan demasiadas cosas importantes
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Capitulo Dos.
El poder de trace.
Después de un descanso, vuelta a la normalidad.
(Salu2 de Lisensiao).
Capitulo Dos.
Solo digo que pasan cosas raras.
(salu2 de Lisensiao)
No sé cuantas veces he intentado escribir sobre ella sin éxito.
Las palabras tropiezan una contra otra y no logran existir fuera de mí.
No quiero nombrarla* porque amar es nombrar y lo que siento por ella* no es opuesto al amor pero no es cercano al amor tampoco.
Es un sentimiento extranjero.
Rabia y agradecimiento.
-Amalia Andrade.
Capitulo Dos.
Empezamos fuerte con las 5 primeras tiras del capitulo 2.
(salu2 de Lisensiao)

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El ruido
Transcurrieron dos inviernos desde que Daniel se mudó a las playas de Villa Gesell. Según él, escapando del ruido de la ciudad.
En sus veinticinco años había visitado decenas de ciudades de Argentina y tantos otros países limítrofes y europeos. Un explorador del mundo, siempre en calidad de visitante y como un turista de esos que pueden navegar las calles por sí mismos. Eran incontables las fotos que había tomado, los amigos que había hecho y los diferentes lugares en donde había reposado su cuerpo para dormir por las noches. Su espalda se había acostumbrado tanto a dormir sentado en el tren, como también a los raros colchones de los hostels que olían a viajantes y eran casi tan duros como bolsas de arena.
Cuando cada una de sus vacaciones terminaban, sus sueños quedaban suspensos en la pequeña libreta donde guardaba las notas con sus planes. Era el rincón donde quedaban todas las cosas que surgían en su cabeza. Un lugar para volcar esa maraña de planes y pensamientos que, si bien por momentos lo invitaban a imaginar una vida en el futuro llena de felicidad, también lo perturbaban en el día a día. Volver a la rutina era inevitable, así como la angustia que esto le traía.
Fue esa rutina la que hizo que Daniel buscara un escape. Una forma de alejarse del ruido de los colectivos, las bocinas de los autos y el chirrido del tren cada vez que frenaba en la estación. Eran sonidos que no podía bloquear ni con su mente ni con el volumen de la música que sonaba en sus auriculares viajeros: sabía que tenía que cambiar de aire, porque había estado afuera de ese torbellino y fuera de él era donde se encontraba en paz.
Todos los veranos de su vida los había pasado en Villa Gesell, en la casa que su abuelo había construído a principios de los años ochenta; cuando los terrenos eran sólamente médanos de arena con algún que otro pino con raíces lo suficientemente fuertes como para prevenir que el viento barriera y modificara el terreno. De ahí que su familia había conocido a Saúl, un carpintero que había ayudado a edificar el techo de tejas y el porche de la casa. Saúl no sólo conocía el oficio, sino también dónde encontrar los mejores materiales y cómo tratarlos, ya que la salitre del mar hacía que las construcciones quedaran derruidas.
Medio en serio medio en broma, Saúl siempre le había dicho a Daniel que las puertas de su taller estaban abiertas para cuando él quisiera mudarse. Y, luego del último viaje, cuando la vuelta a la ciudad se hizo detestable, Daniel puso sus cosas en una mochila, renunció a su trabajo y se mudó a Villa Gesell para trabajar en el oficio de la carpintería.
Su nueva casa se encontraba a tres cuadras del mar, pegada al taller donde trabajaba cada día de ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde.
— Buen día Saúl, voy a poner la pava para hacer mates.
— Ya la puse yo hace media hora — dijo con una sonrisa.
El día a día era muy ameno y eso le permitía tener tiempo para salir a caminar por la playa con su anotador en la mochila. Todos sus sueños seguían ahí pero esta vez los miraba con otros ojos. Ahora tenía tiempo para analizar sus notas y diagramar la vida que aún seguía imaginando. Una vida donde él mismo podría representar todas esas historias en un escenario, compartiendo con el mundo sus vivencias e integrándolas dentro de la burbuja del relato.
Hubo un tiempo en donde el miedo lo había invadido a punto tal que nada de lo que estaba escrito en esa libreta era compartido con el mundo: ni lo bueno ni lo malo. Todo se había convertido en un gran plan multicolor que pondría en acción luego de que pase su etapa en blanco y negro.
Sin embargo encontraba en la playa (y en Saúl) una oportunidad para cambiar. La carpintería le atraía; era más bien el poder de crear cosas para los demás. Alumno ejemplar, a diario recordaba cómo crear y mejorar cada una de las piezas que fabricaba en el taller. Con eso también practicaba la autodisciplina, que era ese “algo” que tanto le había costado alcanzar. Su momento para ejercer la actuación le llegaría una vez que conquistara sus miedos y fuera constante en sus actividades. Ni siquiera él sabía si eso alguna vez iba a suceder; pero mientras tanto, era ese el pensamiento al que se aferraba todas las mañanas.
Por las noches, al acostarse en la cama de pino con, al menos, tres frazadas, lo acompañaban un libro, una taza de té de manzanilla y la libreta en la que solía escribir. Cuando llegaba al punto y aparte, no podía evitar una exhalación profunda y una mirada al techo de machimbre, especialmente a esas formas particulares en la madera que parecían cambiar dependiendo del ángulo en que se las mirara. Había un perro de orejas paradas y hocico en punta; un barco que se hundía en el medio de una feroz tormenta; y el rostro de ella.
Escena segunda: Escapando
PUM PUM PUM
El vigilante de seguridad dispara en dirección a los atracadores. OCBoy, con la mochila a sus espaldas, ya había salido del local, por lo que ni siquiera corría peligro. Enémeris salió poco después, apenas un segundo más tarde, con el corazón desbocado por un chorro de adrenalina que invadía su torrente sanguíneo con mayor potencia de la que albergaba el capó del coche al que ambos se dirigían.
OCBoy entra de un salto por la ventanilla, y el contacto hace rugir la potente maquinaria que les ofrecía la oportunidad de escapar de ahí.
Enémeris ya tiene la mano en la puerta, y se dispone a abrirla, pero se desploma en el suelo, inconsciente.
OCboy- ¡ENE!
No hay respuesta.
OCboy- Mierda, Ene, ¡sube al puto coche!
Se oyen sirenas a lo lejos, y se aproximan a muy alta velocidad. OCBoy sale del coche, con el motor aún en marcha, no tienen ni un segundo que perder.
El guarda ha salido del banco, y vuelve a la carga, aún le quedan balas.
Guarda- ¡¡¡AAAAAAAAAAGHH!!! ¡Tomad desayuno de plomo, desgraciados!
OCBoy- Ostia puta. Se lanza bajo el coche, y dispara al guarda, que se aferra a lo que segundos antes era su rodila.
OCBoy abre la puerta del copiloto y mete a un maltrecho compañero en el coche. El charco de sangre es grande, pero, aún inconsciente, Enémeris respira con aparente normalidad.
Ya se distinguen las primeras luces. Los policías vienen a la caza.
Un pisotón en el acelerador y una estela de humo es lo único que divisan desde el banco los aún atemorizados clientes.
Uno de los coches patrulla se detiene para atender al guarda.
No van a rendirse con facilidad.
OCBoy- Tenías que conducir tú, cabrón, esta te la guardo.
Enémeris vuelve levemente a ser consciente, mira al nervioso conductor, mientras los primeros disparos de los policías rozan el caparazón metálico que de momento les protege.
En seguida se desvanece en un vómito de sangre.