Mi capacidad para retener datos inútiles me salvó un par de veces. Conocí a un caballero que parecía disfrutar mucho de ser el centro de atención, el alma de la fiesta y cosas así. Yo ningún problema con eso, mi problema fue cuando para conseguir ese objetivo intentó hacerme bullying. Lo vi un par de veces en encuentros sociales de rutina, en una oportunidad mencionó al pasar que cuando ponía cosas en el microondas por alguna razón siempre digitaba un tiempo impar. Nunca 30 segundos, o 31 o 29, o 1:17, ni 1:16 ni 1:18, todo así. Esa información se quedó grabada en mi memoria, porque sí, porque me la paso recordando pavadas.
Meses después salí con unas amigas y me lo encontré en la noche, ahí fue su intento de bullying. Resaltó como algo negativo que yo tenía la misma ropa con la que me había visto la última vez. Nunca tengo ganas de acciones bélicas, le di la razón con un “exacto” categórico, se quedó pensando si le estaba tomando el pelo o si yo estaba loco o era un mugriento (todas las opciones eran correctas, su único error fue pensar que tenía que elegir solo una). Por las dudas siguió resaltando más cosas: que siempre bailo igual, que hablo poco cuando hablo poco y que cuando hablo mucho solo uso dos o tres ideas y lo único que hago es dedicarme a mezclarlas para que parezcan más, y así. Entonces me cansé y le dije:
-Te propongo un juego: leerte la mente. Ellas saben -y señalé a mis amigas; Lore, Anto y la otra Lore no tenían ni idea de lo que yo hablaba pero ya estaban acostumbradas a apoyarme en cualquier incoherencia que se me ocurriera, cuanto más rara era mi intervención más probable que se divirtieran -a Lore por ejemplo le adiviné el segundo nombre que nunca se lo dijo a nadie, lo de Anto no se puede contar ¿Querés que pruebe contigo?
-Nah, son boludeces tuyas, ademas vos siempre
-Siempre pones en el microondas cifras impares -dije interrumpiéndolo y poniendo los ojos en blanco un segundo. Como que me bajó el trance.
Dejó escapar una risa nerviosa, fue lo suficientemente orgulloso como para no confirmar que yo había acertado, se tragó sus ganas de preguntar cómo sabía eso y también las ganas de joderme. Nunca más.