Luego de la muerte de su padre y de su hermano en aquel trágico accidente, el negocio había quedado enteramente para él. Su esposa le ayudaba a gestionar el calendario de turnos y a administrar las ganancias, mientras que su hijo lo acompañaba esporádicamente para aprender el oficio familiar. Faltaban quince minutos para las 17:00 hs, horario pactado para la visita al domicilio de los últimos clientes del día, por lo que se subió en su auto y partió rumbo a aquel destino. En esta oportunidad fue solo, ya que su hijo debía estudiar para un examen que rendía al día siguiente.
Una vez llegado al sitio, bajó con su caja de herramientas y volvió a leer el nombre de sus clientes, ya que le gustaba llamarlos por su nombre para establecer cierta cercanía. No hizo falta que toque el timbre, Eduardo y Lucila salieron rápidamente a su encuentro. Los tres se saludaron cordialmente y entraron a la casa. Como signo de confianza, los hermanos Castro le pagaron por adelantado mientras lo acompañaban al baño. El problema parecía ser sencillo, una ligera pérdida debajo del inodoro al realizar las descargas, sumado a una humedad que crecía y comenzaba a manchar aquellos fragmentos de pared cuyos azulejos se habían desprendido. El plomero entonces, puso manos a la obra.
Una breve inspección por fuera no demostraba problema alguno. Probó realizando una descarga en el inodoro, comprobando la pérdida por debajo del mismo, al igual que un leve aroma a cañerías en mal estado que se desprendía en aquel momento. Se arrodilló en el suelo, abrió su caja de herramientas, y corrió el inodoro que no estaba fijo al piso. Apenas lo desplazó dos centímetros, debió retroceder y cubrirse la nariz por aquel hedor nauseabundo que brotaba de esas cañerías. Era la primera vez que experimentaba algo similar, evidentemente necesitaba una solución rápida. Fue entonces cuando, mientras se colocaba un pañuelo cubriendo su nariz y su boca, siguió desplazando el inodoro y se asomó. Esa imagen sería lo último que vería de aquel cuarto.
Al recobrar la consciencia se vio tirado en un suelo de cemento irregular y con su tobillo izquierdo encadenado a un viejo poste de luz pequeño, similar a los que uno encuentra en las calles. La cadena tenía unos quince centímetros, por lo que el desplazamiento posible era casi nulo. Parpadeó seguidamente para poder enfocar mejor la imagen y así vió a los hermanos de espaldas a él, utilizando un cuchillo eléctrico para cortar algo que no llegaba a distinguir. Ellos notaron que su prisionero había despertado, y se acercaron sonrientes con un plato que tenía un trozo de carne a punto y tres rodajas de tomate. Sin mediar palabra, se lo dejaron frente a él, sin cubiertos, para que pueda comer. Por más aterradora que fuera la escena, él estaba paralizado e incapacitado de hablar, pero eso no le impidió probar aquel plato ya que estaba hambriento y el aroma era apetecible. Apenas mordió el trozo de carne, tuvo que escupirlo para luego vomitar, mientras lloraba y gritaba. A su mente volvieron esas imágenes que vio al correr el inodoro, esas cañerías totalmente corroídas por el tiempo y la humedad, ese charco entre gris y verdoso, maloliente, en donde flotaban dientes, uñas, restos de cabellos, ojos, y huesos humanos. Al notarlo, Lucila se acercó y con una dulce voz le dijo: “creímos que ibas a disfrutar de este sabor familiar”. Al finalizar esta frase, Eduardo abrió una cámara frigorífica para dejar al descubierto las cabezas del padre y del hermano del plomero, atravesadas cada una por un gancho que, ingresando por el cuello, salía por sus bocas. A los lados y también colgando, restos de sus muslos, brazos y vísceras en perfecto estado de conservación. Aquel pobre trabajador no podía creer lo que veían sus ojos, el impacto era tal que no fue capaz de seguir emitiendo lágrimas, sólo abrió su boca para emanar un grito afónico y apagado, totalmente desolado y sabiendo que su vida estaba por acabar.
Pasados unos diez minutos, el timbre sonó y Lucila salió de la habitación riendo e intercambiando miradas con su hermano. Abrió la puerta y se oyó esa voz, esa inconfundible voz que aquel padre, ahora prisionero, reconoció de inmediato. Le suplicó a Eduardo que no le hiciera nada a su hijo, e incluso gritó para advertirle que escapara, pero ya era tarde. Lucila bajó con el niño llorando y esposado detrás de su espalda. Padre e hijo se encontraron frente a frente, se miraron en silencio, estupefactos. Eduardo comentó lo lindo que debe ser tener un niño tan obediente, capaz de acudir al auxilio de su padre tras un llamado inocente, pidiendo que por favor le alcance unas herramientas extra. Lucila, que ya sostenía un machete en su mano izquierda, explicó las ventajas que habían experimentado al ingerir la carne de alguien con un trauma reciente y feroz, según ella, le exaltaba el sabor. Acto seguido, comenzó a destrozar al niño sin piedad. Primero sobre el hombro derecho arrancando por completo aquella extremidad, luego por la rodilla izquierda haciendo que la víctima se desplome. Eduardo se unió y juntos comenzaron a destruir la cabeza, mientras el padre se volteaba para no ver e intentaba escuchar lo menos posible el sonido de la carne y los huesos de su hijo totalmente triturados.
El silencio absoluto reinó por unos segundos, para ser interrumpido por un vals con el cual los hermanos comenzaron a danzar sobre los restos del niño, ante un padre totalmente obnubilado y entregado a su suerte. Miró por última vez como Lucila y Eduardo pisoteaban los restos del niño, y se apoyó contra la pared mirando hacia la derecha. Allí, adherido a una heladera, un imán de la carnicería que estaba a la vuelta de su casa y de la cual era asiduo cliente. Curiosamente, había aceptado el encargo del trabajo y con una rebaja, ya que los clientes eran hijos del dueño de la carnicería. No hubo más tiempo para las conclusiones, inmediatamente fue decapitado.
A las 19:30 hs una mujer preocupada abría la puerta, detrás de la cual un sonriente Eduardo pasaba a avisar que el trabajo se había complicado, pero que su esposo y su hijo volverían antes de las 21hs. Antes de irse, le dejó una bolsa de carne picada y otra de lomo para que conserve, ya que el plomero le había pedido por favor que se lo deje a su esposa, así la carne se podía conservar lo antes posible. La saludó, saludó a los vecinos que espiaban al extrañarles la situación y se marchó. La mujer, sonriente, volvió a entrar. Metió la carne en la heladera y se fue a su habitación. Allí se besaron con Ernesto, padre de Lucila y Eduardo, y ambos siguieron viendo televisión.