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Dentro hacía calor o al menos eso era lo que sentía Dani.
Levantó la mirada y se encontró con el reflejo de su rostro: tenía las mejillas coloradas, una gota de sudor le corría por la frente y tenía una boba sonrisa en los labios. El vidrio frente a ella se empañaba más a cada respiración. Rio espontáneamente y una bocanada volvió borrosa la imagen frente a ella. ¡Por dios, que calor hacía! Giró sobre los talones y apoyó el trasero en la mesita metálica. Se llevó una mano al pecho. El corazón le iba a mil por segundo. “Pronto podrá sentirlo” pensó y la idea hizo que se pusiera como tomate. Sin volverse, tomó el móvil de la mesita: dos palomitas grises. ¡puta madre! Puso el móvil en la mesita y se paseó de un lado al otro frente a ella. Miró en todas direcciones. ¡Bien! Allí estaba todo lo que necesitaban: estetoscopio, tensiómetro, pulsioxímetro, electrodos y (tentador pero peligroso) desfibrilador. Pensó por un momento si alguna vez habían utilizado el desfibrilador en una alumna dentro de la institución. Aquello la excitó. Se sujetó la cabeza con las manos, tiró de su cabello y giró sobre sí misma. Desabrochó los botones del suéter escolar, lo lanzó a una esquina y aflojó la corbata. Puso un dedo sobre el esternón y lo deslizó hacia abajo. Podía sentir el borde de su camiseta interior por arriba de los pechos. Ahora lo hizo sobre los hombros siguiendo el relieve que formaban los tirantes de su camiseta.
—¡A ella le encantan! —susurró para sí misma.
Se quitó la corbata y desabrochó cuatro botones. ¡La camiseta ahora era visible! “Pero tal vez ella querría descubrirla”. Lo meditó por un segundo y volvió a poner todo en su lugar. Se dirigió hacia la mesita y tomó el móvil. Las palomitas seguían sin ser azules ¡diez minutos! ¿Cómo podía tardar tanto? Lo apagó y apoyó la frente contra el espejo resignada a que nunca llegaría.
Llamaron dos veces a la puerta. Dani dio un sobresalto. Sentía el corazón golpeándole en el pecho. Tragó saliva, tomó el pomo de la puerta y, tras quien sabe cuánto tiempo, la abrió. Se miraron a los ojos. Las mejillas de Karen se tiñeron de rojo. Sólo llevaba la corbata y la camisa del uniforme (transparente y con la camiseta debajo ¡típico de ella!). Karen abrió la boca, sin embargo, Dani la tomó por el brazo y tiró de ella hacia la enfermería escolar. Echó un vistazo al pasillo y dio un portazo. Miró la puerta, cerró los ojos, inhaló profundo y dejó salir el aire en una larga exhalación. Dio media vuelta. Los ojos se le abrieron de par en par y el corazón se le detuvo por un Segundo. Karen estaba frente a ella, con el culo apoyado en la mesita de metal y con un estetoscopio en la mano. Ladeó la cabeza con un rostro inexpresivo pero con un rubor en las mejillas. Con la mano derecha apoyó la campana del estetoscopio sobre el pecho izquierdo, con la otra, le tendió las olivas. Dani se acercó a paso lento. La miró a los ojos. Karen acercó un poco más las olivas como diciendo ¡tómalas ya, maldita sea! Dani estiró el brazo, se detuvo a un centímetro de ellas y luego, con un movimiento imperceptible, las tomó y se las llevó a los oídos. El sonido la inundó por completo, sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. La piel se le puso de gallina. El corazón de Karen latía intensamente y a un ritmo frenético. Dani cerró los ojos y se llevó una mano al pecho. Sentía como sus latidos se sincronizaban. Ahora, algo le rozaba la mejilla, era suave y tenía olor a flores. La mano descendió y se detuvo a un costado de la garganta. Sintió un cálido aroma frente a los labios, y luego, el sabor del durazno. Fue breve. Un segundo cuando mucho, quizá dos. Sintió su sonrisa rosándole los labios y luego las dos se unieron a una danza que solo los amantes conocen. ¿Cuánto duró? Ninguna podría saberlo. Karen deslizó la mano por el pecho de Dani, se topó con la mano de esta y ella la quitó liberando el paso. Sintió la curva del escote de la camiseta interior y la siguió con el dedo sobre la camisa. Llegó hasta donde iniciaban el tirante y regresó. Introdujo un dedo por una de las aberturas entre los botones y acarició la camiseta. Se quitó la campana del pecho y Dani las olivas. Karen retrocedió un paso y le recorrió con el índice el centro del pecho de arriba abajo sobre la corbata. La tomó y deshizo el nudo. La lanzó. Desabotonó la camisa. Botón a botón haciendo una pausa entre uno y otro para plantarle un beso. Sentía humedad entre las piernas. Llegó al tercero y se encontró con la suave tela de la prenda interior. Se mordió un labio y continuó, esta vez, sin detenerse. Era blanca y le cubría perfectamente los pechos. Era su turno de escucharle el corazón. Se puso las olivas y apoyó la campana en el pecho de Dani. Por un segundo, todo desapareció para ella, solo existía aquel sonido y el cálido aliento de Dani en cada respiración. Se quitó el estetoscopio y apoyó la palma en el busto de Dani. Acarició la tela, luego los pechos y se detuvo sobre el corazón. Golpeaba como un tambor haciéndole temblar la mano. La humedad entre las piernas iba en aumento. Le dio un piquito en los labios y retrocedió. Se quitó la corbata, luego desabotonó la camisa. ¡Ahora estaban iguales! Camisa abierta y con la prenda interior a plena vista. Se abalanzó sobre ella rodeándole el cuello con los brazos haciéndola retroceder. La mesita las detuvo. Dani se sentó en ella y abrió las piernas, Karen se metió entre ellas. Se besaron. Se tomaban del cabello y se maldecían mientras Karen acariciaba la espalda de Dani siguiendo el corte de la camiseta. Se detuvieron para tomar un respiro. Sus labios se rozaron mientras reían tímidamente y luego, continuaron.
Karen tomó el escote de la camiseta de Dani y lo hizo hacia abajo liberando un pecho. ¡Sin sujetador! Le acarició el pezón y lo besó. Hizo lo mismo con el otro y regresó la prenda a su lugar. Se quitó la camisa. La piel de sus brazos era blanca. Le quitó la camisa a Dani, la tomó de la mano y la recostó en la camilla. Buscó a su alrededor y encontró los electrodos. Los colocó sobre el pecho y los conecto a la máquina. Se escuchaba un bip bip a todo galope. La besó y le puso la mano en el tobillo. La desplazó a través de la pierna por debajo de la falda y, a escasos centímetros, se detuvo. Miró a Dani y está asintió. Los dedos entraron. Dani arqueó la espalda, el ritmo del bip se duplicó. La frente le sudaba mientras lanzaba intensos gemidos. Karen estiró el brazo y tomó el estetoscopio, se puso las olivas y le dio la campana a Dani quien, con ambas manos, lo apretó contra su pecho. El corazón parecía que se salía del pecho. Siguió por un momento más y retiró los dedos. Dani respiraba con dificultad y su corazón iba tomando su ritmo habitual. Karen dio media vuelta y tomó el tensiómetro. Le puso el brazalete y presionó la pera. Presión alta. ¡Bien! Le quitó el brazalete e hizo a un lado el tensiómetro. Se sentó en el suelo, miró a Dani y asintió. Se recostó y esperó. Ahora era Dani quien sentía húmedas las piernas. Se arrodilló y apoyó las palmas sobre el pecho de Karen. Sentía su intenso latido. Karen la miró una última vez y cerró los ojos. Uno, dos tres… contaba Dani mientras le presionaba el pecho. Veintinueve, treinta. Se detenía. Sus labios se unían mientras le llenaba los pulmones de aire. Volvía a iniciar. Después de cuatro repeticiones se detuvo. Ambas se pusieron de pie.
—Eso fue divertido ¿He? —dijo Dani.
—Y excitante —respondió Karen.
La campana, que marcaba el final de las clases, retumbó dentro de sus oídos. Se miraron con los ojos desorbitados y se lanzaron en busca de sus prendas. Se vistieron y salieron. Primero fue Karen. Veinte segundos después Dani. Puso un pie en el pasillo y, cuando estaba por cerrar la puerta, se detuvo. Dio un último vistazo al interior de la enfermería. Soltó una risita y se llevó una mano al pecho. “Mañana” pensó y cerró la puerta.
Karen olvidó mencionar que se mudaría esa misma tarde.

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Oração de Joana d'Arc – A Voz dos Humilhados
Oh, Espírito Santo de Justiça,
Eu, Joana d'Arc, me ergui do fogo e do martírio,
Não como vingança, mas como luz para os esquecidos.
Minha espada não é para ferir, mas para transformar,
Cortando o oceano da indiferença,
Movendo as águas em círculos de renovação,
Porque a sociedade precisa ser reconstruída
Pela força do amor e da gratidão.
Senhor, em terra de lobos,
Ensina os cordeiros a resistirem com sua força.
Que o bem não se disfarce, mas brilhe e seja luz em forma de gente.
E que os marginalizados, sejam reconhecidos, identificados, integrados e respeitados.
Oh, Mãe Gaia, sustentadora da vida,
Que os homens, em sua arrogância, não esqueçam que o tempo de dominar é breve,
E que a Terra sempre vence suas batalhas.
Ensina-nos, pela rigidez dos valores de Miguel, a cuidar do legado que nos confiaste para as gerações que virão.
Espírito de Joana d'Arc,
Inspira-nos a lutar por uma liberdade verdadeira,
Uma que acolha a todos, sem exceção.
Que a empatia seja o caminho,
A educação, nossa espada,
E a justiça, o reino que construiremos.
Amém.
Arte através de Diogo Viana Loureiro, feita com técnica de caneta tinteiro preta e branco, executado com caneta digital.
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