La banda ya terminó de tocar y la gente se dispersa por todo el club. Adentro transicionaron al cachengue y se arma una buena fiesta popular, como la que vinimos a buscar. Hace un calor infernal adentro. Llovió más temprano y aunque se secaron las veredas mucho no refrescó. Por eso la banda tocó adentro, porque no se arriesgaron a armar el sonido afuera como el año pasado. Y por eso la gente que desconcentra después de que terminó el recital de dos horas está transpiradísima.
Nosotrys no, porque nos quedamos afuera. Hicimos ingresos estratégicos para que los pibes compren birra, yo agua, algunas vueltas para ver quién estaba, saludar gente, etc. Esas cosas de fiesta de pueblo, que sabés que van todos y que te arreglaste y te pintaste los labios con lo último que quedaba de un labial rojo de tu hermanita y contra la piel bronceada eso es una bomba. Estratégicamente, Lucas es mi cómplice en esas vueltas.
La del año pasado también fue una fiesta, pero afuera, porque no llovía. Y explotó. Fue un par de días después de Navidad, que había sido un fiasco. Nos habíamos pasado la noche de fiesta en fiesta, la mayoría de púberes, que al fin y al cabo son lxs únicxs entusiastas de la navidad, nos rescatamos. La policía caía a desarmar rancho por rancho. Eran las cuatro y yo ya estaba durmiendo con mi mamá. Así que andábamos re manijas el año pasado. Y esa fiesta fue nuestra revancha. Armamos rondas para bailar bien turrón y nos sacamos fotos de las que nos sorprendimos después. Y también estaba todo el mundo, pero el cachengue duró menos, bajaron la música, la cortaron, nos echaron: corta. Esa madrugada se había empezado a levantar un olor a frigorífico penetrante, pestilente, pero no importaba. Nos quejamos un rato. Bailábamos bajo el cielo rojo. Yo dije que sí, que era un olor bien fiero, pero me gusta. Como ese olor a cloaca que se levanta a veces cerca de la defensa sur. Son olores que me coordenan. Tiempo y espacio. Me hacen sentir que pertenezco.
Cuando llegamos al club San Martín nos encontramos con mi hermanita en la puerta. Nos dijo que nos habíamos perdido el breakdance, que había estado re bueno, y se fue a fumar y tomar una latas con sus amiguys a la esquina. Temprano también había freestyle y demostraciones de skate. La banda era de reggae. El cachengue era cachengue. La fecha no podía fallar. También en la puerta, después de dar una vuelta y decidir salir a hacer tiempo, nos cruzamos con Luciano, que venía con el Negro y Franco.
-La Lu ahora me va a pagar la entrada, porque yo se la pagué el año pasado.
Yo había pensado en eso más temprano. El año pasado habíamos llegado en el auto del Chapa, un Renault re viejo creo, re amontonadxs, yo prácticamente encima de la palanca de cambios. No tenía casi nada de plata y el Luchi me invitó. La noche terminó con un regreso por calle Alberdi de madrugada, bajo el cielo rojo y el olor a frigorífico. Con Lucas, que también estaba, encontramos unos cilindros de cartón, nos los calzamos en los brazos corte guerra de espadas. Al día siguiente mi vieja me preguntó qué me había pasado en los brazos porque los tenía llenos de moretones.
-Parecía una yonqui -recordé en la puerta del club.
Ahora la gente se dispersa, sale a tomar aire, pero no descuidan la pista. Montado al medio de la cancha, bajo el tinglado húmedo y caliente, los locos del sonido entran a oficiar de djs y se tiran altas cumbias. Con los pibes vamos a bailar al toque. También están la hermana de Lucas y su novio. Bailamos con ellos. Hacemos rondas fluidas de movimientos ambiguos. Algunos temas nos rompen el corazón. No los escuchábamos desde el último cumpleaños de quince de alguna chica de nuestra generación. Lucas baila super turro. Lo filmo y hago una historia de su danza que disocia extremidades, pero no le filmo la cara.
Entre algunos temas entramos y salimos, porque no todos están buenos y los djs oficiantes de a ratos derrapan y se pone aburrido. Desde afuera lo veo a Sergio, el enano diariero, bailando re puesto bajo las luces. Hace un montón que no lo veía. Lo cruzamos de camino con Lucas, afuera de la confitería Rys, y ya estaba bastante puesto. Le dijimos un "Aaaadiós" medio delirado, me miró libidinosamente. Un asco. Me hizo acordar a cuando mi hermana y yo desayunábamos con mi abuela en esa misma confitería y él nos miraba desde afuera mientras vendía diarios en el semáforo. Mi abuela lo odiaba. Nosotras éramos muy chicas para decodificar esa mirada. Ahora sí la entiendo y siento lo grotesco y lo veo al enano bailando al medio de la pista, re puesto. Lucas me dice que lo saque a bailar. Yo le digo que lo saco pero que él me filme. La gedemos.
Cuando ponen Rodrigo un par festejan y a mí me gusta pero me hace sentir mayor. Se me aparece el bache generacional bien concreto: acá la tía bailando cuarteto. No, me da pudor bailar cuarteto, y me quedo paralizada. Puse un aviso en el diario La Voz para tener una cita. Me hace acordar a la cantina 2 del Banco Pelay donde hace quién sabe cuántos veranos íbamos religiosamente a hacer playa con las familias amigas de la familia y con el agua al pecho de los ocho años sentíamos retumbar los hits del Potro toda la tarde. Todas las tardes.
Al toque se arma un trencito que da vueltas por la pista. Se le une todo el mundo. Es un fenómeno increíble.
-Vamo, vamo, vamo -alienta alguien y medio que me empuja.
Yo no dudo mucho y voy. Arrastro un par conmigo. Es muy gracioso. Me agarro de una chica de vestido y no puedo parar de reírme. Somos como el juego de la viborita, tan largxs que tenemos que tener cuidado de comernos la cola. Nos desarmamos y nos armamos muchas veces. Yo me sigo riendo. La gente se sigue sumando. En las vueltas que damos veo a mis amigxs con complicidad. También a algunxs que miran de afuera. Una chica de vestido se cae al medio de nuestro serpenteo. Yo la señalo y me río. La levantan enseguida y sigue. Después empezamos un movimiento hacia atrás, que es muchísmo más complicado, nos perdemos un poco. Nos soltamos.
El trencito es un dispositivo adrenalínico y estimulante. No tengo más agua y empiezo a tener sed. Estiro un poco más la ida hasta la otra punta del lugar a pedirle una jarra con agua y hielo al Oveja, el productor del evento, que está trabajando en la barra y sé que me la va a dar con una sonrisa.
Suena una versión cachengue de "Ahora te puedes marchar" de Luis Miguel. La sacamos a las primeras notas y nos emocionamos. Agitamos. Pienso en ese Luismi de los ochenta, adolescente y producido, cantando entre un montón de coreógrafos muy bien vestidos, en un predio ¿con columnas? Me lo acuerdo con columnas, medio griego, medio vaporwave. Se termina el año y lejos de pensar en la serie que vio todo el mundo y que le da pertinencia al remix cachenguero que estamos re bailando, pienso en uno de mis videos favoritos de whatsapp del año. Es un chic tocando y cantando medio estribillo de esa canción. Está medio a contraluz, no sé ve mucho. Está abrigado, porque era invierno. Lo vi miles de veces y nunca me cansé. Él sí miraba la serie, a mí la canción me recuerda a él. Me dan ganas de hacer otra historia, que retumbe el si no supiste amar. Pero mi celular es malísimo y sería una garcha. Ya fue, mejor así.
Así que me resigno y suspiro. Bailo y evoco su cuerpo. Transpiro y me recojo el pelo. Me seco las gotitas de la nariz y pienso que los trencitos son estimulantes, que hasta cachengueado por un fulano es un temazo, que lo extraño una banda, que sobria bailo mucho mejor.