Me malinterpretan, subestiman o ignoran; o incluso me aborrecen (sin llegar al odio, pero...).
Me da igual. Estoy ocupado viviendo la vida, al contrario que ellos.
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Me malinterpretan, subestiman o ignoran; o incluso me aborrecen (sin llegar al odio, pero...).
Me da igual. Estoy ocupado viviendo la vida, al contrario que ellos.

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Algunas veces me levanto más muerta que otras.
—g
Me deprime que digan que hay muchas personas que están en una situación peor que la mía, como diciendo que me deprimo por estupideces. ¿Qué sabrán ellos lo que estoy viviendo y sintiendo todos los días?
UNA INFANCIA PARISINA ALLÁ POR LOS AÑOS TREINTA
Al volver de América, mi madre, no habiendo contemplado vivir sino en París, se instala conmigo en un pisito del número 61 de la calle Cherche-Midi, no muy retirado del Bon-Marché, del Luxemburgo y del bulevar Raspail. Cuando dice París, ya lo ha dicho todo: ¡París, la ciudad más bella del mundo!, ¡París no hay más que uno…!, ¡el aire de París!, ¡el genio de París!, ¡el encanto parisino!, ¡los lances, la alegría parisina!, ¡los anticuarios, los muelles, las calles, los jardines de París!
Se entrega de lleno a la educación de su hijo, al recuerdo, a la viudez; un trabajo a domicilio le permite ganarse la vida sin apartarse de mí, sin tener que deberle nada a nadie. Heme pues en París. Vivo con mi madre, que a su vez vive sola. Tengo seis años, me voy situando y formo mis opiniones.
¡París, París! Allá que se encaja su sombrero cloché y me coge de la mano; salimos. ¡París!, ¡el lindo París!, ¡las calles de París! Vamos a ver: lo primero que se nota al caminar por las calles de París es el olor del café torrefacto delante de los colmados, achicharrado en tostadoras que horteras murrios giran desidiosamente o impulsa un motorcillo eléctrico, y el olor del condumio de las porteras que preparan un guisote en su chiscón. A lo que parece, el grueso de la población lo forman las porteras, los agentes de policía, los conductores de taxis y los menestrales. Las tardes de verano se los ve plantar sus sillas en el paso del portal y, tripón afuera, piernas abiertas, tener firme el campo de París.
Miseria, la que quieras: todo son almacenes, depósitos, talleres y mensajerías dispuestos en total desconcierto. Tal entrada de buen aire descubre un cortil sombrío donde se columbra una pequeña imprenta de donde sale un estrépito de maquinaria mezclado con olores de plomo y grasa recalentada. Un pavoroso maúllo: corre un madero bajo la sierra de disco. Desgraciados se afanan en bajos oficios entre olores de cola y orín de gato, bajo la mirada ceñuda de las porteras. El caos es de no creer: un convento linda con una carbonería que se abre a una escuela que se adosa a una lavandería en cuyo entresuelo está el taller de un sastre que realquila tres cuartos a un pastelero.
Es una ciudad gastada. La proporción de ancianos es considerable: quitando los mancebos panaderos todo dios va a pasitos cortos; es con mil cautelas que se cruza la calle y se vuelve con la leche. Llueve todo el tiempo; es una ciudad negra cubierta de triste zinc. En cuanto uno se aparta lo más mínimo de las luces sólo hay callejones sucios y barreduelas del siglo pasado.
El pueblo de París se apaña con eso. Tiene su parla y sus dichos, de los que está no poco ufano. Aquí son guasones, chocarreros, están de vuelta de todo. Son la gente más pagada de sí de toda la tierra, y le ve la punta a no gustar más que de ellos mismos. El número de despachos de bebidas es asombroso; no sólo venden vino, café, grogs, sino también carbón y unas hachitas de alumbrar llamadas fajinas; casi en cada cantón, tales despachos denominados boliches [bougnats], reconocibles por sus carpinterías podridas, sus rótulos despintados y el olor de vinaza y de hulla que desprenden, contribuyen a la fealdad de París, que la caída de la noche torna atroz.
Lo que atrae a mamá a la pobre luz de las farolas son los anticuarios: vieja porcelana china, de Sajonia o de Limoges, viejos buques en la vitrina, viejos espejos de oros desconchados... puros vejestorios.
*
Es un feo jardín. Se requiere la vanidad de los parisinos en lo que hace a su ciudad, o la memez de los extranjeros de paso, para verle la gracia. Para sacarle gusto hay que sentarse allí convencido de que está uno en el ombligo del mundo, que el aire, si no bueno, es ingenioso; son menester algunas reminiscencias de lectura, una pizca del Petit Pierre de Anatole France, endosarse algún ribete del genio atribuido a la estudiante o la modistilla, cierta añoranza del antiguo régimen, e imaginarse que se trata de Le Nôtre para no ver lo feo que es.
Allí vamos a sentarnos. En el Luxembourg la última de las burguesas se cree en el Trianon y se toma por la misma reina. Te plantan un cubo en medio de un montón de arena y te sonríen muy contentos. Una vieja loca te exige un franco por la silla, y te da un billete como en el metro; lo que echa a perder el gusto; pero no hay modo, es un jardín precioso, tan bien trazado, tan francés. Te pasean en burro, te arriendan un barquito para impulsarlo sobre un agua fría que guachapea, donde en cada ocasión está uno a punto de caerse y ahogarse; el dichoso barquito se queda inmóvil en medio del pilón, y hay que esperar a que vuelva con todas las velas empapadas por un insidioso surtidor. Uno hace como que juega; te llevan al guiñol, al tiovivo, das vueltas montado en un cochino. Tienes que estar contento de que te hayan traído al Luxembourg, habrá que irse a disgusto, prometer que serás bueno para que te vuelvan a traer; hay que disfrutar ya con estar allí.
Y en cuanto al propio jardín, se ven rocallas, falsos manantiales manchados por las cagadas de los pájaros, y un puñado de tristes árboles cuya lenta agonía da pena. Y es que el aire es malsano; el plumaje de las palomas curiosamente opaco; las estatuas están cubiertas de una especie de hollín, como los monumentos cuyas cubiertas de plomo descuellan sobre el cielo gris humo de París, que vira a oro sucio cuando llega el ocaso, luego al rojo, luego al negro absoluto sin una sola estrella.
Si la calle de Cherche-Midi es más o menos tranquila, al anochecer hay empujones frente al Bon-Marché. Se entra por tandas y se sale entusiasmado con paquetes bajo el brazo. Se bebe té, chocolate; hay señoras ancianas que prácticamente viven allí, no desocupan nunca el salón de té; allí se pierden los niños y se recuperan en la caja. Las escaleras mecánicas os trasladan en un pispás de la calcetería de niñas a la ferretería. El calor y el oropel están muy extendidos; todo luce apetecible porque todo se ha dispuesto con miras a excitar la codicia; a las mujeres la cosa las vuelve locas, los hurtos menudean, la trapisonda arrecia; pero ya estamos otra vez en la calle.
Ahora el gentío, los automóviles, los taxis, la lluvia fría, la calzada pegajosa, los mendigos que se acuestan a pasar la noche sobre los respiraderos del metro de donde escapa algo de calor, cubriéndose el cuerpo con cartones, entre la completa indiferencia de los transeúntes. Luego las tiendas de comestibles de nuestro barrio, los fruteros españoles, las carnicerías sanguinolentas. En esta ciudad es más bien de noche cuando se hace la compra; hay burlas y se habla a voces. Los niños no tanto, porque es increíble el número de zurriagos que se ven en París; no hay bazar, droguería, o tienda de pinturas que no los ofrezca a los transeúntes. Son poco más que manojos de correas más o menos largas y abundantes, fijadas con clavitos a un mango escarlata o amarillo, y ofrecidos por franco y medio a la brutalidad de los progenitores. Es una ciudad pobre que quiere creerse rica; todo está muy bien presentado: aquí saben adornar el género. No hay charcutero sin vanagloria, ni cabeza de ternera sin ínfulas, ni queso de Brie expuesto sobre la paja, como un niño Jesús en el pesebre, que no se dé aires.
Hay que aparentar como sea: una pordiosera no comprará diez perras chicas de pan sin chacotearse. Tanto se ha encarecido y llevado a las tablas al pueblo de París, que todos se dan la réplica entre sí creyéndose en el teatro. Se habla parisino; no hay mejor labia que la de París; lo saben, se alaban de ello, y con tal se recrean. La miseria salta a la cara; y qué, los más pobres son los más implacables choteándose de su desgracia ante la mirada divertida de los polizones. Ya les basta con vivir en París, y todos y cada uno volverán a casa muy ufanos de haber representado su parte.
*
La piedad no sale mejor parada. Nuestro barrio, desde la calle de Bac a la de Vaneau, de Saint-Sulpice a la calle Saint-Placide pasando por la calle Saints-Pères, está cuajado de establecimientos religiosos, de capillas cuidadosamente disimuladas tras muros muy altos. Tanto fervor recatado entusiasma a mi madre y halaga su viudez.
A las siete de la mañana no hay más que abates frioleros rasando la acera, con la gota en la nariz y pan en los bolsillos. Se abre una puerta: el almacén de un calderero. Otra: el patio de un colegio con pocos árboles pelados por el invierno, donde se guachapea en el barro y la escoria. Recorremos un largo pasillo con paneles pintados de gris. Una religiosa con mitones se aparta para dejar paso. Otra puerta más; entramos de puntillas, la misa ya ha empezado. Una lumbrecilla roja brilla en la penumbra de una capilla inopinada; un cálido olor de cera te da en la nariz, una campanilla tintina discreta. Señores tristes rezan el rosario. Un harmonio llora; según mamá sería D'Indy.
*
Mi pobre madre lleva a cocer sus lozas a Ivry. Vamos a menudo. La fábrica está al fondo de un callejón. Por esta parte de París no hay más que pilas de carbón, talleres de una suciedad repulsiva, baldíos, vetustos edificios sostenidos por puntales de madera, estaciones de triaje, terminales de metro, ferralla roñosa tirada de cualquier manera hasta donde alcanza la vista. Las calles están desiertas; cuando nosotros vamos a Ivry la gente está trabajando. En el ambiente, un olor de chucrut rancio.
* Si Ivry me encoge el corazón, el auténtico París de los parisinos y los turistas todavía me disgusta más. Porque los arrabales son humanos, miserables, pero humanos, al contrario que los muelles que son detestables. Allí la farsa está en su apogeo. Es poco más que un decorado chapucero a ambas manos del Sena, el cual no es sino un enorme albañal. La isla de San Luis, Notre-Dame, los libreros de lance deben su fama sólo a una machacona alabanza. Encantan, no hay más remedio que ir. A tales muelles, tan cantados por los poetas, se va por estar allí más que por el placer que se saca, porque de octubre a mayo hace un frío que pasma. Notre-Dame es negra, mugrienta y jamás fue bella. Los vagabundos son de sainete. Se va a pescar por la vanidad de plantar allí el silletín. La Torre del Chapitel no es nada del otro mundo, y uno se cansaría pronto de ver abatirse las chimeneas de los remolcadores al pasar bajo los puentes si no fuera porque son de París.
*
Es patente que aborrezco París, lo que abona la idea de mi madre de que no he salido a mi padre «que adoraba París, como todos los artistas». ¡Qué le voy a hacer! Odio esta ciudad. Tal odio absoluto fue el único hecho trascendental de mi primera infancia. No me decido a referir las menudencias de mis tiernos años que a nadie podrían interesar; el tiempo apremia, voy a lo esencial. El único rasgo notable, clarividente, interesante de mi primera infancia fue este horror de París. Entiéndaseme bien, no hablo de una manía infantil que había de pasar, sino de un odio permanente que no pasará nunca… con todas las derivaciones que conlleva: que el porvenir del mundo está allende, que el prestigio de París es un mito debajo del cual no hay nada, que no hay que tener en cuenta los pareceres de París, del cual puede prescindirse perfectamente, como también de Francia por lo demás; que ya no se puede esperar nada nuevo de París, que nada tiene que decir; que el futuro está antes en las colinas de Israel o en las estepas de Asia que en el muelle de las Flores.
Sabido es; lo que no impide que se siga amando a París, que se desee vivir allí, gustarle, perder allí el tiempo y el alma, sin ver que París es una ciudad muerta. El hecho decisivo de mi infancia es haber abierto los ojos ante una civilización degenerada, haberla sufrido, haber sentido instintivamente que estaba podrida hasta el meollo y sin porvenir ninguno. No lo olvidaré nunca; toda mi vida iré radicalmente a la contra de París. Conservaré un recuerdo horrorizado de mi infancia parisina, buscaré otros mundos, cada vez más convencido de que el futuro de la humanidad se juega lejos de las grandes aglomeraciones humanas que ya no son más que taras, impedimentos para avanzar.
François Augiéras
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Paca no se comió el huevo. Le canto una cancioncilla, muy cerca y por lo bajini:
«Odio lo suavón que eres; me revientas por blandengue. Mira que tienes defectos. Podría pasarme siempre sin los huevos.»
*
Frances did not eat her egg. She sang a little song to it. She sang the song very softly:
"I do not like the way you slide, I do not like your soft inside, I do not like you lots of ways, And I could do for many days Without eggs."
Rusell Hoban
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Despues de Alabar a Dios, van a su casa a prender la television y ver lo que Dios aborrece.